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Legado ancestral

Arte nivaclé

En el año 2000, un grupo de mujeres artesanas decidió romper los esquemas de su comunidad para comercializar su arte. La lana y el caraguatá son la materia prima de las historias y vivencias que plasman en piezas como ponchos, tapices, collares y aros.

En el seno de una comunidad indígena (donde es habitual que los hombres sean los encargados de mantener a sus familias y comunidades) Laurentina Santacruz se juntó con otras mujeres que también deseaban autonomía económica para cooperar con sus pueblos y sustentar a sus familias. “Éramos amas de casa, madres, abuelas y artesanas, pero no teníamos idea de cómo hacer las ventas. Entonces nos reunimos y comenzamos a averiguar la manera de llegar a la capital con nuestras creaciones”, recuerda Laurentina, artesana nivaclé proveniente del departamento de Boquerón (Chaco).

Laurentina Santacruz

Así fueron los primeros pasos de la Asociación de Mujeres Artesanas Nivachei a comienzos del año 2000, dirigida por mujeres “desobedientes” (como se autodenomina Santacruz), que decidieron romper el silencio ante las situaciones precarias que viven las comunidades del Chaco. “Veíamos a los indígenas en las calles deambulando de acá para allá y nosotras queríamos ser útiles para nuestra gente, a pesar de que nuestros líderes no nos entendían”, cuenta Laurentina. Nivachei significa nivaclé en la lengua originaria.

Era naudito ver a un grupo de mujeres organizándose. Las trataban de peligrosas y no permitían que las esposas se juntaran con ellas. “Decían que éramos ‘bandidas’ y con mucho coraje decidimos enfrentarnos al sistema nivaclé».

Para las cabezas de la comunidad, era inaudito ver a un grupo de mujeres organizándose. Las trataban de peligrosas y no permitían que las esposas se juntaran con ellas. “Decían que éramos ‘bandidas’ y con mucho coraje decidimos enfrentarnos al sistema nivaclé”, relata la artesana.

Laurentina y sus compañeras comenzaron a invitar a otras mujeres que venían interesadas: “No hacía falta enseñarles a hacer la artesanía, nuestro conocimiento es ancestral. Pero sí queríamos controlar la buena terminación y la calidad, para que el producto se pudiera vender”.

En poco tiempo, ya casi estaba todo listo, a pesar de que no tenían la aprobación de sus líderes. Sabían que no hacían nada malo, así que decidieron dar el siguiente paso para conseguir la documentación necesaria para formar la asociación. En ese momento, consiguieron hablar con Damián García, del pueblo Toba Qom, miembro del Instituto Paraguayo del Indígena (Indi), quien sería su representante en las asambleas de la institución. A la par, contactaron con una escribana que las ayudó a formalizar la organización el mismo año que comenzaron a movilizarse. En ese principio, el proyecto estaba conformado por 75 mujeres, no solo artesanas, sino también confiteras y panaderas de la comunidad nivaclé.

Del Chaco a la capital

Los primeros dos años se dedicaron a recorrer Asunción con sus productos: ponchos, tapices y cintos hechos de lana o caraguatá. El objetivo principal no era conseguir ventas, necesariamente; más bien les interesaba dar a conocer su trabajo. “Hasta que un día nos invitaron por primera vez a una feria. Pusimos nuestra mesita y ahí vimos el trabajo de otras artesanas populares, algunas que hacían aros de ñanduti, y nos dimos cuenta de que debíamos hacer eso”, recuerda Laurentina. Así se fueron adquiriendo nuevos esquemas comerciales sin perder la esencia de sus técnicas.

Tiempo después comenzaron a vender muñequitas didácticas a las que denominaron Matronas. Inicialmente surgieron siendo juguetes para las niñas nivaclé, pero con el correr del tiempo cobraron un valor más significativo para su cultura pues, a través de estas, enseñaron a sus hijas los diferentes cambios corporales y hormonales que atravesarían para convertirse en mujeres adultas.

Las Matronas están inspiradas en la mujer nivaclé, representan sus vivencias y sus luchas que están plasmadas en sus formas, vestimenta y colores.

Preservando las historias

Laurentina, al igual que sus compañeras, aprendió la artesanía viendo a su madre y a su abuela trabajar; ellas confeccionaban ponchos y tapices. “Yo era chiquitita. Le veía a mi abuela tejer y yo la ayudaba quitando la lana a sus ovejas y limpiando los hilos”, recuerda, y agrega: “Aprendimos a hacer los tejidos de caraguatá a través de nuestras familias. Por eso, para nosotras es importante que se reconozca nuestra producción como arte, porque hay historias, recuerdos y una vida detrás de todos nuestros trabajos”.

Sus productos, como expresión de la comunidad, también tienen una carga de denuncia, ya que varios clanes del Chaco sufren cíclicamente la falta de agua, pues el río Pilcomayo, principal vertiente de la región, desaparece en ocasiones por largo tiempo a consecuencia de la sequía. “Nos quedamos con esos recuerdos de los peces y de las aguas. En honor a eso, utilizamos dibujos de escamas de pescado en cada trabajo que hacemos, en cada tapiz y en cada poncho”.

Para entender un poco más la carga y el significado de cada pieza que crean, conversamos con el antropólogo social y sacerdote José Zanardini, quien ha vivido por muchos años en aldeas indígenas y ha dictado conferencias y seminarios dentro y fuera del Paraguay, referentes a la antropología de los pueblos indígenas del Chaco, su diversidad cultural y sus derechos.

En el concepto indígena, existe una vinculación histórica a su pasado y con su espacio, porque también tiene que ver con la materia prima disponible en su zona, que en el caso de los nivaclé son la lana y el caraguatá.

José Zanardini, antropólogo social y escritor

Zanardini, autor de Los pueblos indígenas del Paraguay (2010) y Sabiduría en la diversidad (2015), explica que la creación artística de las comunidades está profundamente relacionada con su historia: “No es como cualquier silla que se produce para utilizarla. En el concepto indígena, existe una vinculación histórica a su pasado y con su espacio, porque también tiene que ver con la materia prima disponible en su zona, que en el caso de los nivaclé son la lana y el caraguatá”.

El concepto de producción en serie no se puede aplicar al arte indígena pues son obras artísticas, creaciones originales y, como menciona el antropólogo, son como libros de historia, porque dentro de esos dibujos, formas y colores ellos expresan su identidad, originalidad y una manera característica de entender su entorno. “Es importante valorar estas piezas. Ellas nos enseñan así, nos dan el sentido de la historia que nosotros, como gente occidental, no tenemos idea”, cuenta.

Estas piezas nos demuestran que no podemos construir una sociedad equilibrada sin tener en cuenta la historia de los pueblos originarios. “Ahí es donde ellos se expresan, dentro de ese trabajo, lo que implica buscar la materia prima y crear. Es un trabajo terapéutico y pedagógico. La artesanía es un fin en sí mismo, que condensa sus vidas y su historia: el tiempo pasado y futuro, y el arte”, puntualiza el investigador.

Una rebelión exitosa

Actualmente, Laurentina y sus compañeras de la Asociación de Mujeres Artesanas Nivachei consideran que toda su lucha valió la pena, pues dejaron de ser invisibilizadas y reciben el apoyo de sus líderes y del Instituto Paraguayo de Artesanía (IPA). “Ahora no solo somos cocineras y amas de casa, somos las que acarreamos el agua, la leña, traemos las frutas del monte y buscamos la materia prima para nuestro arte. Somos las primeras en levantarnos y las últimas en acostarnos. Al principio no nos animábamos a hacer este tipo de trabajos. Hoy ya existen varias organizaciones indígenas de mujeres”, menciona Laurentina, quien se atreve a afirmar que fueron las pioneras en alentar a que sus congéneres de otras etnias, como las Ayoreas y Guaraní occidentales, se organizaran.

Ahora no solo somos cocineras y amas de casa, somos las que acarreamos el agua, la leña, traemos las frutas del monte y buscamos la materia prima para nuestro arte.

Laurentina Santacruz

El catálogo de productos también se amplió y ahora incluye forros para termos de tereré, billeteras, canastos, centros de mesa y cartucheras, además de los collares, aros y tejidos, que pueden ser encontrados en las diferentes ferias que se realizan en las plazas del centro de Asunción. En ese espacio, ellas mismas cuentan las historias de sus creaciones a los interesados, desde el significado de cada trazo, la fuente de su inspiración y el proceso de creación. También trabajan bajo pedidos a través de su página de Facebook: Asociación de Mujeres Artesanas Nivachei.

Agradecimientos: Centro Cultural de la Ciudad “Carlos Colombino/Manzana de la Rivera”
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