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Moda sostenible

Beyond the trends

Pensar en sostenibilidad no involucra merchandising verde y eslóganes amigables, sino discusiones y debates interdisciplinarios. Cuando la conversación se traslada a la industria de la moda, el ciclo implica cuestionarse acerca del costo ecológico y social de lo que se produce y se consume. En esta edición de High Class Colecciones, decidimos traer este debate al plano local para explorar los obstáculos, desafíos e intentos, personales o colectivos, de impulsar formas sustentables de concebir el mundo fashion.

Según el movimiento global Fashion Revolution, “la moda sostenible es una alternativa al sistema actual, que propone el uso racional de los recursos naturales, el consumo consciente que rechaza las compras por impulso y la circularidad de la producción”.

La moda sostenible aboga por un mercado donde producir y/o adquirir ropa tengan un impacto mínimo, tanto en el medioambiente como en las personas involucradas en la fabricación textil, a través de prácticas responsables y éticas en todo el ciclo de vida del producto, desde el diseño hasta el desecho. O, en palabras sencillas, se trata de cambiar lo rápido por lo lento, el consumo masivo por uno más responsable y la explotación laboral por un tratamiento ético a los trabajadores.

Este camino a la sustentabilidad se comenzó a trazar a raíz de diversos factores, entre ellos, el hecho de que hoy se reconoce a la industria de la moda como una de las más contaminantes del mundo, según la Organización de las Naciones Unidas. Este sector es responsable de entre el 4 y el 10 % de las emisiones de gases de efecto invernadero producidas anualmente, de acuerdo con el reporte Fashion on Climate de Global Fashion Agenda y, de estos números, un 70 % corresponde a los procesos de producción de las prendas y un 30 %, al desecho.

Si bien los movimientos ecologistas comenzaron a tomar posturas críticas contra las diversas empresas desde hace mucho tiempo, específica mente la industria de la moda, a nivel global, se adhirió con más fuerza en la última década.

No fue hasta entonces que se comenzaron a visibilizar las condiciones de trabajo que sostienen el sistema fast fashion o moda rápida, así como su impacto en el ambiente y la salud de las personas, cuando se derrumbó un edificio donde se fabricaban marcas de lujo.

El 23 de abril del 2013, los trabajadores del edificio Rana Plaza, en Savar, Bangladés, se percataron de la presencia de grietas en su estructura. Aunque la recomendación de las autoridades fue evacuar el lugar, los dueños insistieron en no parar la producción de las marcas de lujo que se manufacturaban allí. Tan solo horas después, a la mañana siguiente, sus ocho pisos se derrumbaron, con un sal do fatal de más de mil personas. Así nacieron movimientos como Fashion Revolution, justa mente, que interpeló al mundo con campañas como Who made your clothes?, con la que buscan transparentar la industria para conseguir un tratamiento ético de los trabajadores y, por ende, un menor impacto ambiental.

DESDE EL BOCETO

A nivel local, en esta misma línea se encuentra Jimena Saldívar Romañach, consultora de diseño de moda sostenible para el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. Ella argumenta que el cuidado del medioambiente comienza en las ideas previas al producto.

Entonces, el rol de los diseñadores es clave para buscar opciones viables desde el boceto de una prenda. “De ahí parten todas las soluciones. Nosotros, los creativos, podemos proponer nuevas formas de producción que sean alternativas sin dejar de ser comerciales. Incluso, creo que en un mundo ideal las empresas tendrían un área de desarrollo liderada por diseñadores que se dediquen a buscar esas opciones sostenibles todo el tiempo”, opina.

La sostenibilidad es un proceso que no se hace de la noche a la mañana, no funciona como un trabajo part-time, porque así no se van a lograr cambios grandes

Jimena Saldívar Romañach

Jimena puntualiza que esa es justamente su labor como consultora en el PNUD: buscar alternativas sustentables en el plano social, económico y medioambiental a la vez. “Debe ser total. El concepto de sostenibilidad no solo es ambiental, sino también social y económico. Solo con ese triple impacto se cierra el círculo”, explica.

Algunas de esas alternativas que encontró tienen que ver con la reutilización de tejidos de colecciones pasadas, la disminución de los residuos desde la concepción del diseño, las maneras de minimizar el uso de energía y los metros tanto de hilo como de tela.

Sin embargo, el camino a un cambio realmente perceptible aún está lejos porque, según la perspectiva de Jimena, todavía son pocas las empresas que ven el desarrollo de técnicas sustentables como una opción comercialmente viable.

“Hay muchas que solamente en momentos cruciales, como la Semana de la Revolución de la Moda, se ponen las pilas con una campaña. No hay un verdadero cambio de los procesos de producción ni tienen una estructura formada para ello. La sostenibilidad es un proceso que no se hace de la noche a la mañana, no funciona como un trabajo part-time, porque así no se van a lograr cambios grandes”, analiza.

Jime también considera que educar a los consumidores es una responsabilidad conjunta: “Me llaman poderosamente la atención las personas que consumen sin sentido, sin tener en cuenta la verdadera necesidad, porque la industria te lleva a querer más. Entonces, debemos enseñar vías responsables para comprender que alguien más paga el costo real de la moda rápida, desde la manufactura hasta el transporte y el desecho”.

SOSTENIBILIDAD Y DECOLONIALISMO

Así como Jime habla de que el accionar hacia la sostenibilidad no solo tiene que ser ambiental, sino que debe cerrar su ciclo con un impacto social y económico, Jazmín Ruiz Díaz, investigadora y periodista especializada en moda, agrega que parte del camino tiene que ver con repensar la industria y las formas de consumo con una mirada local.

Para Jaz, en el camino hacia lo sustentable es necesario repensar la manera en que se percibe la moda en su dimensión afectiva y sociocultural. Es decir, derribar ideas colonialistas que derivan en explotación y extractivismo.

“En esta estructura, si no sos un lugar que produce un imaginario de moda (que surge en las grandes capitales), generalmente pertenecés al lugar donde están los cuerpos o donde se encuentran los basureros de la moda”, explica Jazmín. En este punto, pone de ejemplo al desierto de Atacama, en Chile, considerado uno de los mayores cementerios de ropa usada del mundo, con desechos procedentes de Europa, Asia y Estados Unidos.

No podemos consumir slow fashion con una intención fast y consumista.

Jazmín Ruiz Díaz

Al buscar esa decolonización, aparecen dos ejes: primero, la valoración de la cultura local y, segundo, la difusión de la moda circular con un enfoque responsable. La siguiente pregunta es evidente: ¿Qué nos queda hacer desde Paraguay, en carácter de consumidores?

La investigadora asegura que no únicamente se trata de volverse slow, sino que parte del proceso es apreciar los métodos de producción y prácticas artesanales que posee la región. “Si nos fijamos en las técnicas, el valor material, el proceso y el tiempo que posibilitan estas prendas artesanales, vemos que tienen un valor mayor. No es solamente comprar porque valoramos lo nuestro, sino porque sabemos que es un producto de calidad”, sostiene.

Reutilizar las prendas que ya existen es un camino igualmente válido, en torno al que se crearon redes de comercio con el paso de los años. Sin embargo, antes de entrar al mercado second hand, hay que cambiar el chip: “No podemos consumir slow fashion con una intención fast y consumista”.

Desde su óptica, hay que dejar de regirnos por lo que está en tendencia o por el deseo de estrenar ropa. Ya no importan las temporadas. Debemos tener un relacionamiento más efectivo y responsable con el terreno fashion. “La moda también es economía creativa y, por ello, debemos socializar en torno a ella. Por eso me parece tan interesante el mercado de segunda mano en Paraguay: se crean ferias diversas donde ya no se trata solo de venir a comprar tus prendas, sino también hay creativos, artistas, agricultores, etcétera”, detalla.

A criterio de la especialista en moda, debemos acostumbrarnos a tomarnos el tiempo de informarnos acerca de las marcas que consumimos y buscar la transparencia de los datos: ¿Quién hace la ropa? ¿Tiene algún proyecto respecto a qué hacer con los desperdicios? “A mayor transparencia, mayor información y mayor probabilidad de hacer una compra realmente consciente”, cierra.

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