Laura Mandelik
Sobre Meteora y su universo creativo
Hay artistas que construyen una obra. Laura Mandelik construye un sistema solar entero, con sus propias leyes de gravedad, y después invita a que uno se pierda dentro sin mapa. La creadora visual devenida ensambladora de mundos acaba de ser coronada con el premio AICA Paraguay 2025 por Meteora. Una fábula cósmica, muestra que desafía las fronteras entre lo doméstico y lo sideral. A propósito de este reconocimiento, charlamos con ella sobre su método: un collage de disciplinas en el que la contradicción es, quizás, uno de los mayores motores.
Diseñadora gráfica por la Universidad Católica de Asunción, fue gestora del mítico espacio Planta Alta y fotógrafa de mirada indómita. Esta creadora nacida en Buenos Aires lleva más de dos décadas dinamitando los bordes entre disciplinas con una voracidad técnica que incomoda —para bien— cualquier intento de etiquetarla. Fotografía, escultura, grabado, luz, sonido: todo cae, tarde o temprano, en la órbita de Laura Mandelik.
Ese apetito artístico totalizador acaba de ser coronado con el premio AICA Paraguay a la Mejor Muestra 2025, por Meteora. Una fábula cósmica, exhibida en la galería Exaedro bajo la curaduría de Fernando Moure. La exposición cruza los asuntos del cosmos con una mirada pop y arma un laboratorio visual que se niega, sistemáticamente, a resolverse en un lugar común.

Además del diseño gráfico, 12 años de fotografía gastronómica, su paso por moda editorial y dos libros propios —Fotocopia y Prensil— fueron los cimientos de la confianza para saltar a otras disciplinas como grabado y escultura. “Esa mezcla me llevó a unir y producir”, resume. Su método de trabajo, explica, tiene algo de apuesta a ciegas: “A la hora de tomar una decisión con una obra no pienso mucho en cómo voy a materializarla; una vez que me decido, empiezo a investigar cómo concretarla”.
La palabra que atraviesa y describe bien podría ser el collage. Esa lógica de fragmentos que se combinan la llevó, mucho antes, de lo bidimensional a lo tridimensional. “Estaba haciendo unos collages digitales, los imprimí y dije: ‘¿Qué es esto?’”, recuerda sobre ese momento bisagra. A partir de esa pregunta empezó a construir cajas tridimensionales, luego dibujos virtuales realizados junto a la ingeniera electrónica Gabriela Mercado —“hicimos diseños digitales de nuestros pensamientos”— y, finalmente, esculturas, describe, sobre su aprendizaje de ocupar el espacio.
EL METEORITO
Buena parte de su trabajo y su línea discursiva se dedica a restituir a los objetos cotidianos su capacidad de asombro. Mandelik llegó a Asunción a los 15 años, hija de padre paraguayo y madre argentina, en lo que describe como un periodo “bastante difícil”. La migración, en su relato, se convierte en mirada, en extrañación de lo cotidiano.
Pero de esa incomodidad inicial nació, casi por contagio, una de sus series más entrañables: la investigación sobre las sillas, que ella llamó Silla global. Esa misma pulsión la llevó a fotografiar chapas de colectivos desde el auto, en la serie Líneas, hasta decidir que las chapas debían volver a ser chapas: carteles pintados a partir de esas fotografías, cerrando el círculo entre lo fotográfico y lo pictórico.
En contraposición, el objeto protagonista de la muestra Meteora es real. Lo encontró su familia y es un material insólito que derivó a doméstico. Llegó en la mudanza de Buenos Aires a Asunción y por décadas tuvo un destino menos glamoroso: “Este meteorito, que es parte de mi familia, estuvo siempre en mi casa. Cuando vinimos a vivir acá, se usaba para aplastar milanesas”. Pero se apura a aclarar entre carcajadas: “No lo traje para aplastar milanesas, pero se usó para eso de forma muy cotidiana”. Después de una vida entera de convivir con este objeto familiar, ahora lo convierte en el protagonista de su obra, y transforma los mitos y secretos de esa piedra espacial en arte.
“A la hora de tomar una decisión con una obra no pienso mucho en cómo voy a materializarla; una vez que me decido, empiezo a investigar cómo concretarla”
Laura Mandelik.
CIENCIA FICCIÓN Y UNA CAJA QUE NO ES BOBA
En Meteora, Mandelik construye un universo alternativo. “Es ciencia ficción, pero también un imaginario: todo lo que cae de arriba y estalla en nuestro planeta. Por ejemplo, fotografías de la cotidianidad del ser humano, como la reinterpretación de eso que no podemos ver y solo imaginamos”, explica sobre la médula conceptual de la muestra.
El proceso, lejos de ser lineal, tomó entre tres y cuatro años, y avanzó por acumulación. Empezó con un videoclip filmado junto a Victoria Mussi y Gabriela Mercado, en el que apareció un chanchito de bronce comprado en San Telmo; siguió con dibujos digitales de pensamientos convertidos en esculturas y desembocó en una pieza luminosa bautizada Esta no es una caja boba, hecha con 16 interruptores eléctricos reconvertidos en puertitas que se encienden y apagan “de manera inteligente”. “Todas las obras son procesuales. Las fotografías no las hice intencionalmente para la muestra: ya estaban hechas, y fueron elegidas para formar parte junto con todas las demás piezas”, subraya Mandelik. Casi nada en Meteora fue fabricado a medida del montaje: todo estaba ya dando vueltas en el archivo, esperando su constelación definitiva.
Sobre la fábula que da nombre a la muestra, la artista no ofrece una moraleja fácil: “Hablo un poco de cómo el humano está jodiendo al mundo, de cierta manera. Por eso prefiero irme al universo un rato, para hacer un análisis desde otro punto de vista”. Su intención, aclara, busca abrir sentidos: “Para mí puede ser una cosa, para el espectador otra totalmente distinta. Es un imaginario personal bien polisémico, es posible entenderlo de la manera que uno quiera”.
Cuando le preguntamos qué significa para ella el premio AICA, la respuesta es breve y sin impostura: “Me sorprendió y me puso muy contenta. Me parece un galardón muy importante en nuestra escena en Paraguay”. Sobre el montaje en Exaedro —un espacio que escapa deliberadamente del cubo blanco convencional— destaca el trabajo expográfico junto a Lilian Ojeda —directora de la galería de arte— y al curador Fernando Moure, en busca de un carácter universal. En busca de una anécdota que resuma este proyecto, Mandelik nos compartió: “Todos los huevos salieron el mismo día de la muestra. Ya estaba definido el lugar específico de cada uno, con su pedestal […] Podían no estar, podía haber pasado algún accidente. Al límite”. Ese margen —el que separa el accidente de la obra terminada— es, en definitiva, su verdadero territorio liminal.






