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Identidad vencida

El arte de dejar atrás quienes fuimos sin dejar de ser quienes somos

«Lo que la oruga llama el fin del mundo, el resto del mundo lo llama mariposa»

RICHARD BACH

Un día, sin previo aviso, dejamos de usar una ropa que antes era nuestro uniforme diario, con la que nos sentíamos cómodas, felices e identificadas, sin que se haya roto o pasado de moda; nos ponemos otra, cambiamos de estilo, de gustos. Lo mismo ocurre con ciertos trabajos, casas, carreras, vínculos y versiones de nosotros. Estas rutinas, espacios o hábitos no necesariamente fueron identidades falsas ni equivocadas, simplemente desempeñaron una función, abrigaron una etapa y luego dejaron de representarnos, quizás porque cumplieron su misión, enseñanza o llegaron a su fecha de caducidad.

A eso llamamos «identidad vencida», lo que no equivale a derrotada, sino una cuya vigencia terminó. De hecho, el psicoanálisis desconfía de la idea de una versión compacta y definitiva de uno, ya que somos el resultado de múltiples identificaciones: imágenes, ideales, mandatos, deseos propios y ajenos que incorporamos a lo largo de la vida, ya que el inconsciente es una construcción constante de lenguaje, subjetivación y movimiento.

El problema comienza cuando confundimos una de esas identificaciones con la totalidad de lo que somos: «yo soy la linda, la profesional, la madre, la esposa, la que puede con todo». Una identidad es capaz de darnos consistencia durante años y, de pronto, convertirse en una jaula, una alienación o bloqueo para hacer otras cosas que podrían gustarnos.

Para muchas, el primer gran escenario identitario es el cuerpo. La juventud suele llegar acompañada de una competencia silenciosa y, a veces, feroz alrededor de la belleza, el deseo y la mirada del otro. En nuestra cultura, ser vista, elegida y gustar son mandatos típicos femeninos. La imagen es una suerte de carta de presentación ante el mundo.

Joan Rivière, en su célebre texto La feminidad como máscara, ya pensaba este concepto no simplemente como una esencia natural, sino también como algo que puede ponerse en escena, representarse y utilizarse frente a la mirada de los otros. No significa que la belleza sea falsa, significa que también puede funcionar como vestidura psíquica.

Después, suele aparecer otra conquista: estudiar, trabajar, producir, ganar dinero, construir un nombre propio. La mujer deja de ser solamente mirada para convertirse también en alguien que hace, decide y ocupa espacio público. La competencia se desplaza: ya no se trata solo de ser la más bella, sino de ser competente, reconocida, autónoma, exitosa.

Y cuando esa identidad profesional empieza a consolidarse, a muchas les llega la maternidad. Entonces ocurre un movimiento extraordinario: pasamos de la esfera pública a la privada; del currículum al cuerpo; de las reuniones, los títulos y las agendas a un territorio doméstico donde los logros tienen otra medida —y ningún reconocimiento—. Alimentar, dormir, cuidar, sostener, esperar. La maternidad puede expandir profundamente la autoimagen de una mujer, pero también producir un desconcierto: ¿Dónde quedó la que era antes? Existen investigaciones que confirman que ser madre es una experiencia capaz de ampliar la identidad y la perspectiva, la renuncia y la frustración. Es mucho más que simplemente reemplazar un rasgo por otro: es una deconstrucción.

PERSONALIDAD EN CONSTANTE CONSTRUCCIÓN

Existe un malentendido en creer que crecer consiste en acumular identidades (fracasos, logros, experiencias, alegrías, tristezas, formas de ser, sin abandonar ninguna). Ser joven pero madura, bella pero despreocupada por la belleza, profesionalmente exitosa pero siempre disponible, madre presente pero productiva, sexualmente deseable, socialmente activa, emocionalmente estable y, por supuesto, agradecida y realizada, todo al mismo tiempo.

Pero vivir también exige renunciar. Sigmund Freud vinculó el duelo con el trabajo psíquico que produce la pérdida y con la necesidad de reorganizar nuestras investiduras e identificaciones. Desde esta perspectiva, la tristeza también transforma al yo. No debemos adolecer solo por personas; también por edades, cuerpos, posibilidades, lugares y versiones de nosotros mismos que fuimos, que dejamos de ser y lo que no pudimos ser.

Hay una joven que un día ya no es, hijos que dejan de necesitar a sus madres como antes, carreras que pierden protagonismo, y eso se potenciará con la aparición de la inteligencia artificial para muchas ocupaciones: cuerpos que cambian sus reglas, escenarios donde un día fuimos estrellas y que, sencillamente, ya no nos convocan. El sufrimiento aparece cuando intentamos seguir habitando una identidad cuyo contrato ya venció.

NO ES PÉRDIDA TODO AQUELLO QUE CAMBIA

En ese sentido, Moria Casán ofrece una imagen extraordinaria. En la serie Moria, de Netflix, su vida aparece narrada precisamente como una sucesión de transformaciones y reinvenciones. La frase que condensa el primer gran salto es contundente: «Pasé de las escalinatas de la Facultad de Derecho al Teatro Nacional el mismo día».

No pidió permiso para mantener coherencia con la versión anterior de sí misma; la estudiante de Derecho no tuvo que ser destruida para que naciera la artista. Fue una identidad que dejó de ocupar el centro. Y décadas después, la vedette tampoco podía seguir dependiendo exclusivamente del cuerpo que la había convertido en figura pública. Hace años, la propia Moria explicó que llega un momento en que «el físico se te va» y hay que aprender a trascenderlo. Quizás envejecer saludablemente tenga mucho que ver con eso: no con negar la pérdida, sino con dejar de considerar pérdida aquello que cambia.

En la segunda mitad de la vida ocurre algo potencialmente precioso: podemos volver a buscar identidades que creíamos vencidas. La mujer que durante años fue madre a tiempo completo se reencuentra con la profesional. La ejecutiva recupera a la artista o la bohemia. La esposa vuelve a entrar en contacto con aquella aventurera independiente. La que durante décadas cuidó a otros descubre el placer de disponer de su tiempo, disfrutar de la soledad y de, quizás por fin, cuidar de sí misma.

«No somos una sucesión de mujeres que se eliminan unas a otras. Somos una conversación entre todas ellas»

REINVENTARSE, LA RELACIÓN ENTRE SALUD PSÍQUICA Y CREATIVIDAD

Es interesante saber que reencontrarse con una personalidad vencida no significa ser la misma de antes; ya no se vuelve siendo la misma, y ahí está la diferencia entre repetir y reintegrar. Donald Woods Winnicott pensaba la salud psíquica en relación con la posibilidad de sentirse real y vivir creativamente, frente a formas excesivamente adaptadas de existencia en las que el sujeto termina respondiendo más a las exigencias del ambiente que a su propia espontaneidad.

Tal vez una identidad se vuelve «vencida» precisamente cuando la sostenemos para responder a quienes esperan que sigamos siendo aquella que fuimos, para no decepcionar a nadie —solo a nosotras mismas—, lo cual genera todo tipo de malestares, neurosis, e incluso síntomas físicos y somatizaciones.

Cambiar puede provocar culpa porque toda transformación decepciona alguna expectativa que alguien tenía de nosotros. Alguien prefería nuestra versión anterior o le convenía; a veces incluso nosotras mismas la extrañamos y nos da vértigo el cambio y la emancipación.

Aquí entra un tema muy interesante que denominamos en psicoanálisis «goce defensivo», en el que defendemos a capa y espada un síntoma para no hacernos cargo de nuestros deseos, para no pagar el precio que implicaría cambiar. Entender que los cambios llegan porque son inevitables significa aceptar que no hay traición en abandonar una ropa que ya no nos representa, así como tampoco hay fracaso en dejar una casa psíquica que se volvió pequeña e incómoda, para transitar a una con la cual nos identificamos plenamente.

UN GRAN PASO PARA LA IDENTIDAD

Podemos llamarlos, metafóricamente, «saltos cuánticos» a esos momentos en los que la vida deja de avanzar de manera gradual y nos exige pasar de un estado a otro. Casarnos, divorciarnos, tener un hijo, dejar un trabajo, comenzar una carrera a los 50, enamorarnos nuevamente, mudarnos, enviudar, jubilarnos, retomar un deporte o arte que dejamos pero que amamos, atrevernos a aquello que por 20 años pensamos que «no era para nosotras».

La identidad madura quizás no sea aquella que logra conservar intactas sus versiones, sino la que puede integrarlas sin quedar prisionera de ninguna. No somos una sucesión de mujeres que se eliminan unas a otras. Somos una conversación entre todas ellas. Y quizás la verdadera libertad llegue cuando agradezcamos a cada identidad por el cobijo que nos dio y, cuando ya no nos pertenezca, cerremos la puerta sin culpa y sin mirar atrás. Porque cambiar no necesariamente significa perder la esencia. Desde una mirada psicoanalítica, incluso podríamos decir que nuestra esencia no es una forma fija, sino algo más íntimo: cierta manera singular de desear, amar, elegir y estar en el mundo.


Las opiniones expresadas son de exclusiva responsabilidad de la autora del artículo. Para más información y consultas, escribí a gabrielacascob@hotmail.com

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