Amiga, soltá la novela
Amores tóxicos: Quedarse también es una elección
En toda época, el amor ha sido narrado como destino, algo que nos atrapa y de lo que no podemos escapar. Porque «el amor es ciego», porque estamos «destinados a estar juntos», porque es «la media naranja», porque el otro nos completa, somos «almas gemelas».
Desde los cuentos de hadas en que los príncipes rescatan a las princesas desvalidas o Romeo y Julieta que romantiza la desdicha, hasta la realidad (que por supuesto muchas veces supera la ficción). De la intensidad trágica de Cumbres Borrascosas, novela de Emily Bronte adaptada con éxito al cine con Jacob Elordi y Margot Robbie, hasta el magnetismo moderno de John F. Kennedy Jr. y Carolyn Bessette-Kennedy, revivido hoy en relatos y series como Love Story. Las parejas parecen atrapadas en una tensión constante entre deseo y sufrimiento, destino y tragedia. Pero, ¿qué ocurre cuando ese lazo deja de ser elección y se convierte en imposibilidad de salida?
Este artículo propone mirar las relaciones con una perspectiva analítica, desde el modelo de amor de pareja que proponían las épocas románticas hasta hoy, cuando la libertad y la tecnología también formatean los vínculos afectivos. No para juzgar, sino para comprender por qué, aun en la incomodidad, muchas personas permanecen donde ya no quieren estar y cómo pueden cambiar los relatos y las formas de amar de acuerdo con el momento histórico que vive cada generación.
Una de las paradojas más frecuentes en consulta es la de personas que reconocen que su relación les hace mal, pero no logran salir. No se trata de debilidad o falta de voluntad. Se trata, muchas veces, de una trama inconsciente
PERMANECER DONDE DUELE
Una de las paradojas más frecuentes en consulta es la de personas que reconocen que su relación les hace mal, pero no logran salir. No se trata de debilidad o falta de voluntad. Se trata, muchas veces, de una trama inconsciente. En Cumbres Borrascosas, Catherine dice: «Yo soy Heathcliff». No es amor romántico: es fusión. No hay un «yo» separado que pueda elegir irse. En muchas parejas actuales ocurre algo similar: el otro no es solo alguien amado, sino una pieza estructural de la identidad. Salir implicaría perder algo más que la relación: sería perder una parte de sí mismo.
La familia suele ser el guión invisible que nos direcciona la elección de pareja ya sea por referencia positiva o negativa, parecida o totalmente diferente al modelo de los padres. Elegimos pareja creyendo que escogemos libremente, pero el inconsciente no improvisa. El origen deja marcas profundas en lo que consideramos amor.
Hay dos grandes influencias frecuentes. Una es la necesidad económica o emocional. Crecer en contextos de carencia puede llevar a elegir parejas que representen seguridad, incluso si no hay bienestar emocional. Por otra parte, el ideal materno o familiar: muchos buscan (o rechazan) inconscientemente el tipo de vínculo que su madre deseaba para ellos.
La historia de Carolyn Bessette, por ejemplo, estuvo atravesada por el peso de un linaje y una exposición pública que imponían expectativas difíciles de sostener. La pareja no solo era vínculo: era símbolo. En consulta, esto se traduce en frases como: «Sé que no es para mí, pero es lo que siempre imaginé» o «no es lo que quiero, pero es lo correcto». El problema es que esto muchas veces no coincide con lo saludable ni con el deseo.

REPETIR SIN SABER: LA NEUROSIS DE DESTINO
Sigmund Freud hablaba de la compulsión a la repetición: la tendencia a recrear, una y otra vez, situaciones similares a las vividas en la infancia. Así, quien creció sintiéndose no elegido puede vincularse con parejas emocionalmente ausentes, como también vimos en la serie de Netflix Envidiosa, con Griselda Siciliani. Alguien que vivió un amor condicionado elige relaciones en las que debe «ganarse» el afecto; no es casualidad, es reiteración. En Cumbres Borrascosas, de nuevo, los personajes parecen condenados a reproducir la misma intensidad destructiva generación tras generación. En la vida real, esa repetición es más silenciosa, pero igual de potente. El inconsciente no busca felicidad, sino familiaridad.
ENTRE EROS Y TÁNATOS: AMAR Y DESTRUIR
Toda relación está atravesada por dos fuerzas: Eros, la pulsión de vida, simboliza el deseo de unión, crecimiento y construcción; por su parte, Tánatos, la pulsión de muerte, representa la tendencia a la destrucción, la agresión, la repetición del dolor.
En las relaciones sanas, Eros predomina: hay conflicto, pero también reparación. En las tóxicas, Tánatos toma el control: discusiones que escalan, silencios castigadores, celos destructivos, dependencia emocional extrema. Muchas parejas viven en este vaivén, con momentos de intensidad amorosa seguidos de rupturas o crisis profundas.
Ese ciclo genera una adicción emocional e inclusive química, ya que existen estudios científicos que señalan que el cerebro en este tipo de relaciones tóxicas actúa como el de un adicto a sustancias: secuestra los circuitos de recompensa y genera dependencia emocional difícil de romper. No es amor lo que engancha, es la intensidad, la sensación de alivio después de las peleas o el sentirnos elegidos luego de una separación.
¿CÓMO RECONOCER UNA RELACIÓN PATOLÓGICA?
No siempre es evidente. A veces no hay violencia explícita, sino incomodidad constante. Algunas señales clave son: más sensación de ansiedad que paz dentro de la relación, necesidad constante de validación del otro, miedo a expresar los sentimientos, ciclos repetitivos de conflicto sin resolución real, sentimiento de no ser auténtico o espontáneo, fingimiento de un personaje, aislamiento de otros vínculos importantes, más miedo a la pérdida que deseo de estar o temor a quedar en la soltería.
La pregunta central no es «¿me ama?», sino ¿puedo ser yo en este vínculo? ¿Por qué cuesta tanto salir? Porque salir implica duelo. No solo por la persona, sino por la fantasía de lo que la relación podría haber sido, la identidad construida dentro del vínculo o la repetición inconsciente que aún no se ha elaborado. Muchas personas no están enamoradas del presente, sino del potencial, y eso es lo más difícil de soltar.

¿CÓMO SALIR? ALGUNAS CLAVES POSIBLES
Nombrar lo que ocurre: poner en palabras lo que duele es un primer acto de separación. Diferenciar amor de dependencia: no todo lo intenso es amor; a veces es ansiedad, miedo o carencia. Revisar la propia historia: ¿Qué repito? ¿Qué intento resolver en esta relación? Recuperar espacios propios: amistades, identidad fuera del vínculo. Acompañamiento terapéutico: salir de ciertas dinámicas requiere sostén, no es un proceso lineal. Aceptar el vacío temporal: el después puede doler, pero esa es una condición para algo nuevo.
La campaña #HermanaSoltaLaNovela de la comunidad en Instagram Mujeres que no fueron tapa, de Lala Pasquinelli, que también tiene el exitoso #HermanaSoltaLaPanza, cuestiona el ideal del amor romántico como un guión que empuja a muchas mujeres a sostener vínculos marcados por el sacrificio, la espera y el sufrimiento. Bajo esta lógica, ser elegida aparece como una forma de validación, condicionada por mandatos de feminidad (ser fina, no hablar fuerte, ser sumisa, obediente, dependiente, tener la edad para casarse y procrear, cumplir con los cánones de belleza hegemónicos, todo para ser escogida) y por el miedo a la soledad, lo que muchas veces lleva a permanecer en relaciones en que el malestar queda invisibilizado o negado. Para el psicoanálisis, la «novela» funciona como el fantasma que organiza el deseo y, lastimosamente, garantiza y sostiene la repetición.
ANTES Y AHORA: DEL DESTINO AL ALGORITMO
Las relaciones de pareja han cambiado, pero ciertos patrones persisten. En el siglo XVIII, como en Cumbres Borrascosas, el amor estaba atravesado por estructuras sociales rígidas: clase, herencia, imposibilidad de elección, patriarcado. En los 90, figuras como John F. Kennedy y Carolyn Bessette encarnaban una mezcla de amor, presión mediática y familiar, y expectativas sociales. La pareja aún cargaba con el peso del ideal romántico, de la familia perfecta, pero también con la exposición pública.
Hoy, en cambio, vivimos en la era de la hiperconexión: relaciones a distancia sostenidas por la tecnología; comunicación constante, no necesariamente profunda; aplicaciones que multiplican las opciones y también la incertidumbre; vínculos más rápidos, a veces frágiles. Paradójicamente, nunca fue tan fácil conocer a alguien… y nunca tan difícil sostener un vínculo auténtico. La tecnología acorta distancias físicas, pero no resuelve las distancias emocionales. Las relaciones tóxicas no son un fenómeno nuevo. Cambian los escenarios, pero no las estructuras psíquicas.
Lo que sí puede cambiar es la conciencia; comprender que no todo sentimiento intenso es saludable, que lo intenso no es necesariamente verdadero, y que quedarse no siempre es una prueba de amor, sino a veces de repetición. Amar, desde una perspectiva más sana, implica poder elegir y también irse. Porque, al final, el verdadero vínculo no es el que nos atrapa, sino el que nos permite existir y ser nosotros mismos.
Las opiniones expresadas son de exclusiva responsabilidad de la autora del artículo. Para más información y consultas, escribí a gabrielacascob@hotmail.com
