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Taller Hermandad

El lugar en donde nace el color

Visítamos Santa María de Fe, en Misiones. Allí, un grupo de 14 mujeres trabaja a capa y espada, puntada tras puntada, para crear singulares escenas sobre tela. Son imágenes naíf inspiradas en la vida cotidiana del entorno rural, aplicadas a diversas prendas y objetos de uso diario. Esta forma de artesanía perdura desde hace casi 50 años y, aunque sigue muy presente como símbolo de resistencia e identidad de una pequeña parte de nuestro país, enfrenta dificultades para encontrar continuidad en las nuevas generaciones.

Texto y fotos: Fernando Franceschelli

La siesta hoy tiene una penumbra serena. El día está nublado y fresco, y el silencio parece envolver cada rincón alrededor de la plaza principal de Santa María de Fe, que transmite una calma singular. Allí se alzan inmensos árboles centenarios y, frente a ella, las casas de galerías coloniales, algunas heredadas de la época de la reducción jesuítica que existió en el lugar, lucen pisos de ladrillo y descomunales tirantes de madera que son una verdadera postal del pasado. No sorprende en un sitio de historia cultural tan rica y extensa.

Fundada en el siglo XVII, la ciudad conserva reliquias jesuíticas en su iglesia y en su museo. Entre sus curiosidades históricas, está el haber albergado durante un tiempo al célebre naturalista Aimé Bonpland en su periodo de confinamiento. A pesar de la quietud, en una de las casas blancas no reina el silencio. Detrás de esas paredes se escucha un murmullo constante, atravesado de tanto en tanto por risas. Al asomarnos por una ventana con rejas de madera, vemos que el bullicio en guaraní nace alrededor de una larga mesa verde.

Una mesa de madera curtida por los años y el trabajo, cuya superficie guarda las marcas de incontables jornadas compartidas. Allí, varias mujeres conversan, ríen y, al mismo tiempo, se concentran en una delicada labor manual. De ese espacio brota el calor, la risa y, sobre todo, el color. Se trata del taller Hermandad, una agrupación de mujeres que desde hace 46 años se reúne para bordar y construir una alternativa de sustento en un lugar donde las oportunidades laborales nunca abundaron, especialmente para ellas.

Todo comenzó décadas atrás, aquí mismo, en Santa María de Fe, de la mano de las religiosas europeas Mary, Teresa y Ana. Conocedoras de la técnica, enseñaron a las primeras artesanas a diseñar y confeccionar pequeñas escenas de tela para venderlas como forma de trabajo e ingreso. Con retazos que solían desecharse por ser demasiado pequeños e hilos multicolores, crearon una nueva posibilidad, explica Dominga González (65), presidenta de la asociación. La técnica que las monjas transmitieron a las marineras es una variante del patchwork, un trabajo que consiste en unir piezas de tejido y formar composiciones bidimensionales. El proceso comienza con el diseño y sigue con el recorte de las piezas con moldes de cartón, reutilizados como guías precisas e inalterables. Una vez cortadas, las figuras se disponen sobre una base y se hilvanan con puntadas temporales que luego se retiran. Después, los apliques se fijan definitivamente y, al final, se eliminan los excedentes, además de realizar las terminaciones necesarias en cada pieza.

Las escenas creadas pueden aplicarse sobre diversos objetos. Algunas veces las propias mujeres confeccionan camineros, manteles, cartucheras o bolsas; en otras, intervienen remeras y camisas sobre las que incorporan sus diseños. También producen señaladores, llaveros y pequeños tapices colgantes.

RETACITOS DE HISTORIA

Las piezas únicas que elaboran estas mujeres son representaciones de la vida cotidiana, escenas propias del ámbito rural misionero y, en muchos casos, de la vida sencilla que atraviesa buena parte de nuestro país: una familia que alimenta gallinas, un paisaje, una mujer moliendo maíz en un mortero, juegos tradicionales de San Juan, patos, caballos, hombres, mujeres, niños, árboles, soles y flores. Figuras diversas que se combinan en composiciones llenas de color y detalle, construidas con hilo, puntada tras puntada, y una enorme dosis de paciencia. Mucha paciencia.

Cada integrante de la asociación llegó al taller por caminos distintos, aunque coinciden en algo: el trabajo compartido, que las reúne de lunes a viernes por la tarde, se convirtió en mucho más que una actividad artesanal. Perla García, de 67 años y viuda, lo resume con una frase breve y contundente: estar allí la hace profundamente feliz. Incluso asegura, entre risas, que encontró “una familia más feliz” que la que tiene en su propia casa.

Claudia Coronel (59) comenzó a asistir cuando apenas tenía 15, movida simplemente por la curiosidad. Celia Montenegro (57) describe el espacio como un refugio donde, “si hace falta llorar, se llora”, y así, dice, los problemas quedan un poco atrás.

Durante la entrevista, las artesanas presentes tienen entre 57 y 67 años. Muchas ya son abuelas. Clara Servín (58) recuerda entre carcajadas que, a los 13, no quería trabajar en la chacra. Aunque su madre le insistía en que era muy chica para ingresar al taller, ella igual se acercó y aprendió el oficio. “Daba gusto estar con las hermanas; hacían retiros y nos juntábamos a comer”, recuerda divertida. Comer, admite, era una motivación importante.

Sin embargo, el contexto ya no es el mismo que cuando el taller nació, en 1980, en una época en la que escaseaban las oportunidades laborales. Hoy muchas jóvenes dejan Santa María para trabajar o estudiar en otros lugares, como San Ignacio o incluso Asunción. Por eso, aunque esta artesanía sigue siendo rentable, pocas quieren involucrarse en el oficio, explican casi al unísono las integrantes del grupo.

El sistema de trabajo es colectivo: las tareas se distribuyen de manera equitativa y las ganancias se reparten en tajadas iguales. Un porcentaje de lo obtenido se destina a la compra de materiales y, fieles al espíritu de comunidad que las caracteriza, reservan momentos para celebrar juntas cumpleaños y otros acontecimientos importantes.

Si algo queda claro al visitar el taller es que, alrededor de esa mesa verde, no solo se crea artesanía. Allí también se teje el verdadero espíritu de hermandad que les da el nombre. Y, quizá, algo todavía más valioso: ese color humano que a veces escasea en la agitada aventura de vivir y que todos, de una forma u otra, necesitamos en nuestros corazones.

UNA PROYECCIÓN A FUTURO

Gracias al compromiso social y al vínculo afectivo que el actual director del Instituto Superior de Bellas Artes (ISBA), Osvaldo Olivera, mantenía con la entidad misionera, la institución impulsó un proceso de fortalecimiento del taller Hermandad, de la mano de la docente investigadora y profesora Leticia Cardozo. La iniciativa comenzó en 2025 con un plan de desarrollo dividido en varias etapas, que sigue en proceso. Incluye un diagnóstico integral de la empresa, adecuaciones del espacio de trabajo y capacitaciones técnico-pedagógicas orientadas a la moldería industrial.

También contempla estandarización de procesos, manejo de maquinaria, un laboratorio de cocreación y economía circular, así como registro de marca, identificación geográfica y desarrollo de estrategias de branding y marketing para sus productos.

Según Cardozo, trabajar con las artesanas es una valiosa oportunidad para contribuir con el fortalecimiento del taller, en un proceso que además se desarrolla en articulación con el equipo académico del ISBA. También destaca el valor humano de la experiencia: “Escuchar y compartir historias de vida entre risas con ellas resulta profundamente enriquecedor y significativo. Al llegar, el aura de estas mujeres crea una atmósfera hogareña que favorece el desenvolvimiento durante las capacitaciones y ayuda a generar y consolidar vínculos”.

A pesar de que el bordado costumbrista está protegido y fue declarado emblemático para la cultura nacional mediante resolución n.º 53/2022 del Instituto Paraguayo de Artesanía (IPA), el principal desafío es preservar la técnica tradicional. La falta de relevo generacional pone hoy en riesgo la continuidad de este valioso patrimonio, advierte Cardozo.

A pesar del desafío que impone el paso del tiempo, el taller Hermandad demuestra que su aguja sigue enhebrada con fuerza. Las puntadas que hoy dan estas 14 valientes mujeres no solo sostienen el presente de Santa María de Fe, sino que tienden un puente hacia las nuevas generaciones, para recordarnos que mientras haya historias que contar con retazos de tela, el color y la resiliencia de su arte jamás dejarán de latir.

MÁS INFO

Si te interesa contactar a las artesanas, podés hacerlo a través de su perfil de Instagram (@tallerhermandadsantamaria) o comunicarte directamente con alguna de sus integrantes: Claudia Coronel (0985) 158-263, Clara Servín (0984) 359-869 o Dominga González, presidenta de la asociación, al (0985) 966-367. También es posible visitarlas en su taller de lunes a viernes, de 13.00 a 18.00, o coordinar una cita los sábados mediante contacto telefónico. Santa María de Fe está a unos 230 km de la capital, yendo por un desvío de la ruta nacional n.º 1, entre los distritos de San Ignacio y Santa Rosa.

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