Tania Simbrón
La costura del cine paraguayo
Para ella, la pantalla grande comenzó en su casa familiar, en San Juan Bautista, Misiones. Al recordar su infancia con su abuela Chorita Rodis, exartista de circo, evoca un escenario mágico: “Ella se sentaba en una silla bajita y decía: ‘A mombe’úta peéme peteĩ, caso…’ (les voy a contar un caso). Con esas historias me pasaba peliculeando, imaginando personajes”. Su primer contacto con la magia textil fue un baúl lleno de vestuarios de Chorita: “Me fascinaba verla convertirse en otra persona. Hoy hago exactamente lo mismo. Cuando leo un guión, peliculeo en mi cabeza; para mí el cine sigue siendo un juego maravilloso”.
Para ella, la pantalla grande comenzó en su casa familiar, en San Juan Bautista, Misiones. Al recordar su infancia con su abuela Chorita Rodis, exartista de circo, evoca un escenario mágico: “Ella se sentaba en una silla bajita y decía: ‘A mombe’úta peéme peteĩ, caso…’ (les voy a contar un caso). Con esas historias me pasaba peliculeando, imaginando personajes”. Su primer contacto con la magia textil fue un baúl lleno de vestuarios de Chorita: “Me fascinaba verla convertirse en otra persona. Hoy hago exactamente lo mismo. Cuando leo un guión, peliculeo en mi cabeza; para mí el cine sigue siendo un juego maravilloso”.
Esa niña creció, se formó en Buenos Aires, recorrió Estados Unidos y Europa, y colaboró con gigantes de la industria como Michael Kaplan y Aggie Guerard Rodgers, quien la contactó fascinada por su trabajo en Las herederas . Sin embargo, su destino no era quedarse en el extranjero. “Estar afuera me ayudó a valorar aún más nuestra identidad cultural. Siempre sentí que lo aprendido tenía sentido si podía regresar y aportar al cine paraguayo. Logramos mucho con muy poco”, detalla. Este ida y vuelta decantó primero en su labor docente, que desarrolló por un lado a través de cursos y por otro liderando equipos en producciones cinematográficas grandes del país y, recientemente, en su libro, El vestuario no es solo ropa. 20 aprendizajes en 20 años de vestuario.
“Estar afuera me ayudó a valorar aún más nuestra identidad cultural. Siempre sentí que lo aprendido tenía sentido si podía regresar y aportar al cine paraguayo. Logramos mucho con muy poco”
Su mayor prueba de fuego llegó con Mangoré, por amor al arte , una superproducción de época sin precedentes en el país. A nivel logístico, el reto fue titánico: gestionar 1300 cambios de vestuario para 900 personajes entre 1895 y 1944, en un país sin casas de renta. “Hicimos mucha ingeniería para multiplicar los recursos y lograr una sensación de abundancia. Trabajamos con artesanos y comunidades que colaboraron con tejidos tradicionales como el de caraguatá”, recuerda.

Para Simbrón, técnicas como el ao po’i y el ñandutí son saberes sostenidos históricamente por manos femeninas que deben latir con fuerza dramática, no como adornos turísticos, aunque afirma con seguridad que “no creo que nuestra identidad dependa exclusivamente de lo folclórico. Paraguay aparece en detalles sutiles: los tonos de la tierra roja, el verde del paisaje, el rosado de los lapachos y la forma en que el sol transforma las prendas”.
Al final del día, el vestuario moldea la psicología actoral. En la filmación de la disruptiva Timoteo , que se estrenará muy pronto, un actor que encarnaba a un religioso se transformó al vestirse: “Cambiaron sus movimientos y su postura. Personas ajenas al rodaje asumían que pertenecía a ese mundo”.


