Image Alt
 • Actualidad  • Psicología  • Del patriarca al Homo solver

Del patriarca al Homo solver

La paternidad ante un nuevo contrato social

Cada tercer domingo de junio, Paraguay recuerda el Día del Padre. Pero quizá, más que repetir una fecha en el calendario afectivo, convenga preguntarnos qué celebramos cuando festejamos al padre. ¿Una autoridad? ¿Una presencia? ¿Una herencia? ¿Una función? ¿O tal vez, la posibilidad de que deje de ser dueño de la ley para convertirse en alguien capaz de sostener, acompañar y resolver?

La figura paterna no ha sido siempre la misma. Durante siglos, el padre ocupó el lugar del patriarca: dueño de la casa, administrador del apellido, representante de la ley, garante del orden familiar y social. En él se condensaban varias autoridades: papá, sacerdote, gobernante, maestro, patrón. La organización del mundo tenía rostro masculino. La palabra autorizada era la de él. No solo mandaba en la familia; era la miniatura doméstica de un orden mucho más amplio: Iglesia, Estado, escuela, ejército, empresa. Todo parecía sostenerse sobre una misma lógica vertical: alguien arriba sabía, decidía y ordenaba; los demás obedecían.

Esa figura patriarcal fue también el padre del machismo. No necesariamente por maldad individual, sino porque la cultura le otorgó al varón un privilegio simbólico: el derecho a ser centro, medida y juez. La mujer quedaba asociada al cuidado, al silencio, la espera, la renuncia, y criaba más patriarcas, por no decir “machistas”, sin toma de conciencia. El hombre, en cambio, siempre fue asociado al poder, el destino público, la razón y la autoridad. Así, durante mucho tiempo, ser progenitor fue confundido con imponer respeto. Y el respeto, muchas veces, se confundía con miedo.

El psicoanálisis nos permite leer esta historia más allá de la sociología. Lacan habló del Nombre-del-Padre como una función simbólica: no se trata simplemente del papá concreto, sino de aquello que introduce la ley, el límite, la separación de esa simbiosis entre madre e hijo, la entrada del sujeto en el lenguaje y la cultura. En ese sentido, no es solo una persona: es una operación representativa que ordena el deseo.

Pero la modernidad tardía trajo consigo la caída del Nombre-del-Padre como referencia absoluta. Dejó de ser incuestionable. La ley ya no vino de una sola voz. El discurso del amo comenzó a disolverse. Esa caída no fue solo un accidente, fue también una conquista. Las mujeres empezaron a ocupar el espacio público; exigir derechos; disputar saberes, salarios, cuerpos, deseos, maternidades y destinos. La familia accedió a más de una única forma legítima. La sociedad se volvió más heterogénea. Aparecieron nuevas configuraciones familiares, masculinidades y preguntas sobre cuidado, crianza y autoridad. El padre ya no podía sostenerse solo en el “porque yo digo”. Debía aprender a escuchar y también a salvarse a sí mismo de toda la violencia que implica “ser hombre” o “macho” en la cultura y la sociedad.

Aparecieron nuevas configuraciones familiares, masculinidades y preguntas sobre cuidado, crianza y autoridad. El padre ya no podía sostenerse solo en el “porque yo digo”. Debía aprender a escuchar y también a salvarse a sí mismo de toda la violencia que implica “ser hombre” o “macho” en la cultura y la sociedad.

Pero la caída del patriarca no resolvió todos los problemas, solo cambió el escenario. Hoy vivimos en una época en la que grandes instituciones han perdido su aura de verdad, y eso, aunque cause vértigo y pánico, es libertad, emancipación. Ya no creemos ciegamente en el padre ni en la Iglesia ni en el gobierno ni en la ciencia como promesa pura ni en la escuela como garantía de futuro ni en la economía como camino al bienestar. Cada paradigma parece fracturado. Cada discurso viene acompañado de su sospecha. Y en ese vacío, aparece una nueva instancia de consulta, decisión y orientación: la inteligencia artificial.

Aquí resuena una frase central de Lacan: la verdad tiene estructura de ficción. No significa que lo cierto sea mentira, sino que toda certeza humana necesita una forma narrativa para decirse, pues no cae del cielo como un bloque puro: se arma, se bordea, se interpreta, se cuenta. Durante siglos, esa ficción organizadora tuvo forma de padre. Luego, de paradigma: patria, religión, progreso, revolución, mercado, ciencia. Hoy, cada vez más, comienza a parecerse al algoritmo. Consultamos a la inteligencia artificial para escribir, decidir, diagnosticar, traducir, enseñar, crear imágenes, resolver problemas, ordenar duelos, elegir viajes, pensar negocios, educar hijos. Le preguntamos a la máquina lo que antes se consultaba al padre, al maestro, al médico, al sacerdote o al analista. No porque la IA sea necesariamente más sabia, sino porque parece responder sin cansancio, sin juicio, sin demora y con una eficacia seductora.

La capacidad de resolver

José Ignacio Latorre, físico teórico y pensador de la inteligencia artificial, plantea que estamos entrando en una etapa que exige un nuevo contrato social: ya no convivimos solamente con otras personas, instituciones y Estados, sino con lógicas no orgánicas capaces de aprender, decidir y actuar. Esta idea obliga a pensar una mutación cultural profunda. Si el Homo sapiens es el hombre que sabe, hoy emerge una figura distinta: el Homo solver, el ser humano que ya no se define tanto por poseer la verdad, sino por su capacidad de resolver problemas en cooperación con inteligencias artificiales, también inventadas por él. El Homo solver no reemplaza al padre, pero sí lo interroga. Porque tal vez la paternidad del futuro ya no consista en ser el dueño de las respuestas, sino en enseñar a formular mejores preguntas. El papá que viene no será patriarca ni amo ni oráculo. Será, si logra estar a la altura de su época, un mediador entre el niño y un mundo saturado de información, violencia, pantallas, algoritmos y contradicciones.

Vivimos en un planeta moralmente partido. Mientras una parte del globo celebra la fiesta de la Copa del Mundo, otra parte cuenta muertos, desplazados, niños bajo escombros, familias destruidas por la guerra. La humanidad produce inteligencia artificial, pero no logra generar suficiente empatía. Avanza en cálculo, pero retrocede en compasión. Diseña máquinas capaces de responder con precisión, mientras los humanos seguimos fallando en lo más básico: cuidar la vida. Por eso el Día del Padre no puede quedar reducido a una postal sentimental. Debe ser también una pregunta ética. ¿Qué tipo de papá necesita este tiempo? No el machista que exige obediencia. No el ausente que delega todo cuidado. No el herido por la pérdida de privilegios y nostálgico de una autoridad que ya no volverá. Tampoco el que se convierte en amigo sin límites, incapaz de sostener una diferencia
generacional.

El padre que necesitamos

Es aquel que acepta que su función ya no es dominar, sino orientar. No aplastar con la ley, sino transmitir un límite amoroso. No competir con la madre, sino compartir la crianza. No negar la transformación cultural, sino participar de ella. Un padre capaz de reconocer que la masculinidad no se debilita cuando cuida, llora, escucha, pide perdón o cambia. Frente al impacto de la inteligencia artificial, nos espera una bifurcación. Podemos caminar hacia una utopía posible: una sociedad en la cual la tecnología nos libere de tareas repetitivas, democratice conocimientos, mejore diagnósticos y cure enfermedades no solo físicas sino también mentales, amplíe derechos y nos permita dedicar más tiempo al vínculo humano. O caer en una distopía: un mundo vigilado, automatizado, desigual, donde las máquinas optimicen la producción mientras los sujetos pierden deseo, palabra y lazo social.

Quizá el padre del futuro sea menos monumento y más puente. Menos mandato y más presencia. Menos patriarca y más traductor.

La diferencia no la hará la inteligencia artificial por sí sola, sino el contrato simbólico, político y afectivo que seamos capaces de construir alrededor de ella. Y allí la paternidad todavía tiene algo fundamental que aportar. No como poder absoluto, sino como responsabilidad ante el porvenir. Quizá el padre del futuro sea menos monumento y más puente. Menos mandato y más presencia. Menos patriarca y más traductor. Alguien que no pretenda encarnar toda la verdad, porque sabe —con Lacan— que esta siempre se dice a medias y bajo forma de ficción, incluso con intenciones de conveniencias personales. Alguien que ayude a sus hijos a no entregarle su deseo ni al viejo amo ni al nuevo algoritmo.

Celebrar al padre, entonces, es también despedir una forma antigua de poder y abrir otra forma de responsabilidad. Porque después de la caída del patriarca no debería venir el vacío, ni la máquina como nuevo dios. Debería venir una paternidad más humana: capaz de resolver, sí, pero sobre todo capaz de amar sin dominar. Ese tal vez sea el verdadero Homo solver que necesitamos.

Las opiniones expresadas son de exclusiva responsablidad de la autora del artículo. Para más información y consultas, escribir a gabrielacascob@hotmail.com
POSTEAR UN COMENTARIO