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Terapia hortícola: un viaje a la dicha

El valor terapéutico de la naturaleza

Gracias a numerosos estudios se ha comprobado que caminar entre la naturaleza produce un impacto favorable no solo en lo físico, sino también en lo cognitivo y emocional. La jardinería y el paisajismo son actividades que mucha gente se animó a experimentar este año, ya que el encierro nos arrebató la libertad de decidir cuándo salir o viajar, lo que nos obligó a muchos a hacer un pequeño viaje a nuestros jardines. Así, muchos redescubrimos una dicha en la actividad más antigua del ser humano: el contacto con la tierra, el cultivo y el cuidado de las plantas.

La terapia hortícola es una forma de mejorar las habilidades mentales, aumentar el nivel de memoria, desenvolverse mejor en las actividades manuales y desconectarse del mundo digital —y personal, incluso— por un rato.

Pero lo que podemos encontrar en el jardín y en la apreciación de la naturaleza va más allá de lo terapéutico; es un reencuentro con la esencia, ya que la palabra “humano” procede de la palabra humus, tierra, la cual hemos abandonado. Si la recuperamos, recuperamos nuestra esencia, por tanto, la dicha de vivir.

El jardín, la realidad recuperada

Estamos en la era digital, lo que implica una saturación de lo virtual en nuestras vidas. Pantallas, sonido, información y comunicación de forma continua y sin cortes. No solo ya no podemos disfrutar del silencio, sino que se nos ha vuelto insoportable.

El exceso de conexión digital también anula las sensaciones y los sentidos. Ya no percibimos lo táctil, lo material, los aromas, los colores naturales sin filtros, ni la gravedad de la tierra. Al decir que en el jardín recuperamos nuestra esencia, es porque, en principio, es un lugar en donde nosotros creamos silencio. En un mundo que tiene mucho para decir y mucho que comunicar, en el jardín esa comunicación es cuántica, de un ser a otro, sin símbolos, sonidos, ni palabras.

Podemos sentir el agradecimiento de una flor al ser regada, en una huerta al ser desmalezada, porque en su belleza y en su maduración, confirmamos esa respuesta y ese agradecimiento y no se necesita nada más.

El jardín nos obliga a desactivar el ego, porque es un lugar en el que no podemos exigir nada, no hay demandas, no somos “alguien” para nadie, solo podemos dar. Cuidar y atender a otro ser que necesita de nuestra mirada, no solamente para ver qué necesita, sino para sentirse amado y valorado. Allí experimentamos que una mirada amorosa puede más que mil palabras de aliento.

Esta misma dinámica ejercida sobre las personas puede mejorar nuestros vínculos, con solo animarnos a despegar nuestra mirada de los celulares y ofrecer esa atención compasiva, solidaria y amorosa a los demás, es la forma más sincera de visibilizar y validar las necesidades del otro.

La incertidumbre y la imprevisibilidad del tiempo

El jardín nos habilita a experimentar una intensa conciencia temporal. Es un lugar en el que no disponemos del tiempo, ni podemos decidir el momento exacto en el que ocurra cada floración, cada cosecha, solo la podemos intuir, predecir y esperar. Cada planta, cada flor crece en su momento específico, como si tuviera una sabiduría intrínseca a la que no podemos acceder para manipular, apurar, ni sugestionar a nuestro arbitrio.

Estamos tan acostumbrados a predecir todo, a calcular y digitar cada proceso, cada reacción incluso, que el ejercicio de la espera y la confirmación de la promesa que lleva consigo cada semilla, es una sorpresa que causa admiración y maravilla, lo cual no puede ser emulado con lo virtual ni lo digital, es una experiencia íntima con la naturaleza, lo más parecido a un milagro, del que podemos ser testigos cada día.

Las semillas emocionales que podemos cultivar

Independientemente a los beneficios que nos otorga la jardinería y la horticultura —la satisfacción de poder conseguir el suministro del alimento, deleitarnos con la belleza de flores y plantas ornamentales que elevan el alma— la jardinería es un ejercicio, que si bien no es una clase de cardio, requiere de un esfuerzo físico interesante que eleva endorfinas y serotonina, hormonas del placer y el bienestar. Al mismo tiempo, aumenta la vitamina D, la cual previene el estrés y fortalece el sistema inmunológico.

Esta actividad también fomenta la confianza en uno mismo porque, cuando vemos las flores y los frutos después de todo el trabajo y el tiempo invertido, queda la satisfacción de que han valido la pena, como todo aquello digno de valorar y amar.

Si tenés alguna duda o consulta, no dudes en contactar con la Lic. Gabriela Casco Bachem, psicóloga con Reg. Prof. Nro. 2112, al e-mail: gabrielacascob@hormail.com.
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