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Romper el molde

Autoras que exploran la maternidad desde las letras

Todo mayo, la gratitud, el agradecimiento y los relatos homenajean a quienes gestan y dan vida. Pero lo cierto es que ser madre es un fenómeno profundamente humano, con sus luces y sus sombras, más allá de la imagen edulcorada que los días festivos nos presentan. En esta nota, te mostramos cinco autoras que abordan la maternidad desde la realidad con crudeza, belleza y, sobre todo, honestidad.

Hasta el siglo XIX, la presencia de las mujeres en la escena literaria internacional fue, como mucho, incipiente. Salvo contadas excepciones, las escritoras fueron invisibilizadas. Pasó mucho tiempo hasta que se animaron a escribir sus propias historias y salir del molde del “deber ser”, para dar lugar a relatos auténticos y reales sobre sus propias experiencias.

En la obra de las escritoras que hoy traemos a la mesa, hay una prevalencia de personajes maternos que o no se corresponden con los roles históricamente replicados socialmente o son retratos agridulces de la maternidad, muy lejos de la publicidad llena de dulzura a la que acostumbramos en estos días, lo que da como resultado figuras desmitificadoras de la tradición que, a la vez, reivindican la fuerza de las mujeres en cada uno de sus papeles.

Annie Ernaux, Min Jin Lee, Isabel Zapata y Josefina Plá no escriben desde la postal perfecta del Día de las Madres; lo hacen desde la vida real, con sus amaneceres cansados, abrazos que todo lo curan, noches de duda y mañanas de esperanza renovada. Estas cinco autoras nos enseñan que se puede amar con locura a un hijo y al mismo tiempo sentirse perdida. Se puede desear ser madre con toda el alma y encontrarse con caminos que no eran los soñados. Que ser mamá —o intentar serlo— no te convierte en un ángel sin problemas, sino en una mujer más real, más valiente, más llena de preguntas hermosas.

Estas autoras, cada una con su voz única, eligen contarnos la verdad, pero no para asustarnos, sino para abrazarnos en lo cierto. Para que, este mayo, al celebrar a las madres, también podamos celebrar a las mujeres que se animan a narrar la historia completa. Ese es su legado. Y qué suerte la nuestra de poder recibirlo.

ANNIE ERNAUX

Escritora francesa, catedrática y profesora de Letras Modernas, ganadora del premio Nobel de Literatura en 2022, Annie tiene una forma muy especial de mirar la vida: se anima a meterse en los recuerdos que duelen, pero lo hace con una honestidad que termina por ser liberadora. En sus libros, la maternidad aparece como una experiencia hermosa y también compleja, llena de preguntas que no siempre tienen respuesta fácil. 

En La mujer helada (2015), nos cuenta la historia de una mujer que lo tenía todo según el manual: esposo, hijos, una casa ordenada y cómoda. Pero un día siente que algo no cierra del todo. Se pregunta, ¿por qué terminamos siendo aquello que dijimos que nunca seríamos? No es un libro para sentir culpa, sino para darse permiso de pensar que ejercer la maternidad y ser una misma puede ser un equilibrio delicado.

En sus páginas, Annie no da respuestas mágicas; ofrece algo mejor: la compañía de una voz que entiende que ser madre puede ser un camino de idas y vueltas para reencontrarse con una misma.

MIN JIN LEE

Autora y reportera coreano-estadounidense que escribe como quien teje una manta familiar: con paciencia, con cariño, con memoria. Su novela Pachinko (2017) sigue a cuatro generaciones de una familia coreana en Japón y, en el centro, está Yangjin, una madre migrante que lo da todo para que los suyos no pierdan el rumbo.

El eje central son las relaciones entre padres e hijos. Yangjin, como anticipamos, es uno de los personajes principales del libro, y la continuidad de su legado es un tema preponderante del texto. Es ella la que, a través de su sacrificio y dignidad en condiciones pocos favorables, juega un rol fundamental para mantener la identidad y la memoria histórica familiar. Mediante esto, sus hijos aprenden quiénes son, de dónde vienen y a dónde quieren ir. Min Jin Lee muestra que ser madre también es eso: el faro que guía sin gritar, la memoria que abraza sin condiciones, el legado que sigue vivo aunquepasen los años y los océanos.

ISABEL ZAPATA

Escritora y editora mexicana que escribe como si estuviera tomando té con una amiga: con confianza, con ternura, con esas confesiones que normalmente guardamos bajo llave. En In vitro, comparte su viaje personal por los caminos de la fertilización asistida: días de espera, de hormonas, de ilusiones que suben y bajan como una montaña rusa.

Lejos de ser un libro triste, es valiente. Isabel habla de la fragilidad del deseo, del agotamiento de intentarlo una y otra vez, pero también de la belleza de no rendirse. “¿Estamos dispuestas a poner nuestro sueño por delante de todo?”, se pregunta. Y aunque no hay una respuesta única, lo que deja claro es que ninguna mujer debería recorrer ese camino en solitario. Por eso escribe: para que otra, en medio de sus dudas, encuentre un espejo, un abrazo, una voz que diga “yo también estuve acá, y no estás sola”. Su mensaje es esperanzador: el deseo de ser madre puede ser agotador, pero también es una forma poderosa de amor.

JOSEFINA PLÁ

Poeta, dramaturga, narradora y ceramista hispano- paraguaya, nacida en las islas Canarias pero paraguaya de corazón desde 1926, Josefina es de esas abuelas literarias que todo país quisiera tener y nosotros gozamos de la suerte de que haya adoptado este territorio como suyo, con su generosidad y valentía líricas. 

En sus cuentos, la maternidad y la vida de las mujeres aparecen como son: a veces hermosas, a veces dolorosas, pero siempre dignas de ser contadas. Ella las mira con compasión, sin señalar con el dedo, y muestra nomás cómo duele el mundo cuando las oportunidades no son parejas. Así, en La mano en la tierra, nos presenta a la vieja Úrsula, una indígena que acompaña con una lealtad que duele por su silencio. En La niñera mágica, Miguela es esa joven del interior que viene a la ciudad a cuidar hijos ajenos mientras los propios se le escurren entre los dedos como agua. En A Caacupé, Manuela es la campesina que sostiene sola a su hijos y que, antes de morir, tiene que despedirse de una de ellas. Y, en Maína, una niña llamada Maristela crece de golpe, demasiado rápido, lastimada por manos que no debieron tocarla.

Pero Josefina no se queda en el dolor por el dolor mismo. Al ponerles nombre a esas mujeres y sus historias —también en Cayetana, La pierna de Severina, Cuidate del agua, Sesenta listas y tantas otras—, convierte ese sufrimiento en memoria compartida, en una invitación a mirar con otros ojos. Sus cuentos pueden doler un poco, pero duelen como las verdades dichas con cariño: para despertar, no para hundir. Ella misma decía que la realidad no es más compasiva que ella, pero al ponerla en palabras, nos regala la posibilidad de cambiarla.

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