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Kuña Yvygua

El arte de las hermanas Noguera

En línea matriarcal y en código de arcilla, las mujeres de la familia Noguera descienden de una tradición alfarera cuyos cimientos están en la ciudad Tobatí. Aun cuando su apellido es sinónimo del ñai’upo en todo el país, las hermanas Carolina y Ediltrudis se siguen describiendo con sencillez. Ambas se perciben, a través del diálogo con la cerámica, como mujeres que nacieron de la tierra y se deben a ella. Kuña yvygua en toda su expresión.

“Las alfareras siguieron siendo mujeres y mujeres hasta hoy son”, escribió Josefina Plá en 1976. Sus investigaciones sobre la cerámica paraguaya explican que la tradición del barro de los guaraníes era tarea exclusivamente femenina y que, con excepción de Areguá, en Tobatí e Itá eran ellas quienes llevaban —y llevan todavía hoy, 50 años después— este oficio como una vía para fortalecer su independencia.

Entre las ciudades alfareras —Tobatí, Itá, Areguá y Yaguarón— destaca la comunidad 21 de Julio (Tobatí), lugar donde trazamos la historia de las mujeres Areco (más tarde Noguera). Sus huellas de barro nos llevan hasta Rafaela Areco, madre de Julia Mercedes Areco de Noguera, quien enseñó a sus hijas a modelar la arcilla directamente con las manos.

Fue en la infancia que doña Mercedes aprendió con su madre a elaborar platos, cántaros y otros utensilios. Llegado el momento, ella misma transmitió esa habilidad a la siguiente generación: de entre sus 15 hijos, ocho fueron mujeres y a todas les enseñó alfarería.

Las piezas de doña Mercedes destacaron por sus siluetas antropomorfas y zoomorfas, con escenas y personajes que se movían entre lo jocoso y lo tradicional. Hoy, sus hijas Carolina y Ediltrudis, desde la misma compañía 21 de Julio, crean obras que traspasan las fronteras y guardan el firme objetivo de heredar a su familia este legado artesanal.

A Mercedes el reconocimiento le llegaría aproximadamente en los 80 cuando, según el relato de Ysanne Gayet, se estableció su vínculo con el Centro de Artes Visuales/Museo del Barro. En 1992, piezas de ella y su hija Ediltrudis formaron parte de la exposición Terres cuites du Paraguay en París y algunas permanecen expuestas hasta ahora en la Ciudad Luz.

EDILTRUDIS NOGUERA

REAFIRMAR LA INDEPENDENCIA

De los 15 hermanos de la familia Noguera Areco, Ediltrudis es la sexta. “Nací y me crié en esto. Papá era albañil y salía a trabajar todo el día. Entonces nos quedábamos con mamá y, antes de entrar a la escuela, ya veía cómo era el proceso de la cerámica tradicional. Por eso valoro mucho a mi madre y su cántaro”, comienza nuestra entrevistada.

Ver a su mamá trabajar imprimía en su mente infantil un fuerte deseo de sentir —ella también— esa arcilla que doña Mercedes tenía entre las manos. “Como toda criatura, quería ensuciarme y tocar el barro, pero puesto que ya en la época era difícil conseguir el amasado, mamá me prohibía usarlo”, recuerda Ediltrudis.

Su insistencia infantil no la dejó rendirse. Su inocente acto de rebeldía era tomar un poco de la mezcla y esconderse en el fondo de la casa para armar juguetes de barro, muñecos con forma de humanos y animales. Al crecer, doña Mercedes comenzó a dejar que ella la ayude con la terminación de las piezas, específicamente la etapa del bruñido y el engobe. Todo cambió cuando nuestra entrevistada dejó la escuela a los 13 años y comenzó su aprendizaje de la cerámica a tiempo completo.

La artista recuerda que, hasta los 15 o 16 años, se dedicaba a hacer enseres tradicionales. A los 17, en cambio, llegaron a su vida las esculturas que la caracterizan hasta hoy. De esa época, Ediltrudis recuerda que la venta de cántaros experimentó una caída debido al aumento de las heladeras en el interior del país. Entonces, para estimular su economía, comenzó a dibujar rostros en las vasijas, tal como hacía doña Mercedes.

Al principio, Ediltrudis decoraba sus enseres con motivos de aves y flores, pero las caras le llamaban mucho más la atención. “Pensé que mi kambuchi debía tener cuerpo, y ahí empecé a hacer figuras humanas y de animales”, recuerda.

“Cada obra mía tiene su significado y su momento, yo las hago con mucho cariño y amor, y creo que por eso siempre encuentran alguien que las quiere”

Ediltrudis Noguera

LENGUAJE DE AUTOAFIRMACIÓN

En la escuela, una maestra se acercó a Ediltrudis para mostrarle un libro con fotografías de esculturas griegas —que representaban la búsqueda de la belleza ideal y la proporción matemática— y le preguntó si podría imitarlas. “Le dije que prefería hacerlas iguales a mí”, narra y agrega: “Cada obra mía tiene su significado y su momento, yo las hago con mucho cariño y amor, y creo que por eso siempre encuentran alguien que las quiere”.

¿Y en quién se inspiran sus esculturas? En misma. “Imagino mi propia contextura. De adolescente no me preocupaba por mi figura ni nada, vivía nomás”, recuerda entre risas.

Por este motivo, su obra se basa principalmente en rostros y cuerpos femeninos. Y es que tiene una visión muy firme en cuanto a cuestiones de género: “Hoy también los hombres se convirtieron en un enemigo total de las mujeres, con tantos feminicidios y violencia. Cuando hablo así me dicen: ‘Vos sos demasiado feminista’. Y claro que sí, ¿por qué no? Una tiene que saber defenderse en todos los aspectos, y estoy orgullosa de la mujer”.

Con miras al futuro, su sueño es escribir un libro que relate su historia en primera persona, porque si bien hay fragmentos de su vida publicados en artículos como este, no se trata de una biografía completa. “Quiero tener mi propio lugar donde contar todo, porque, por lo demás, ya conseguí lo que quería: llegué a Asunción, a Encarnación, a Brasil… Yo digo que ya influí en las personas con mi arte y por eso sigo trabajando todavía”, asegura.

CAROLINA NOGUERA

LA MUJER QUE MIRA MÁS ALLÁ

El trabajo de la ceramista comienza en la cantera, con la extracción del ñai’u (barro negro) y el caolín (de color blanquecino). Ediltrudis y Carolina coinciden en que la propia artesana es la que debe ir a mirar la tierra y seleccionar cuál usará. Por eso, parte de los primeros recuerdos de Carolina son precisamente de cuando acompañaba a su madre y hermana.

“Mi mamá fue pionera en la compañía 21 de Julio, hizo los primeros cántaros con caras. Desde que tengo uso de razón anduve detrás de ella cuidando a mis hermanitos menores”, rememora. En la adolescencia, al terminar la educación primaria, comenzó a ayudar más activamente en la labor cerámica. En esta dinámica, se encargaba de manejar los bueyes en cada excursión a la cantera, y también hacía la terminación y la quema.

Todo cambió cuando Osvaldo Salerno, a los 17, le hizo unas preguntas clave: ¿Seguiría la tradición? Y si lo hacía, ¿qué caracterizaría a sus piezas?: “A la noche, antes de dormir, pensaba en qué haría al día siguiente. Una mañana, temprano, me levanté con la idea de crear un muñeco con alas, un peladito delgadito, piru’i, que mirara hacia arriba y pidiera agua al cielo. Ese fue mi primer trabajo, que está hasta ahora en el Museo del Barro”.

“A los 22 años me casé, después me embaracé y se murió mi bebé. En ese momento pensé que seguramente por eso me salió la escultura de un ángel… porque iba a tener un angelito”, profundiza. Seis meses más tarde, la historia se repitió: volvió a quedar en cinta y, nuevamente, se enfrentó a una pérdida. “Esa ya era una nena, tenía rulitos. En su homenaje, comencé a hacer una parejita de ángeles. Siempre dije que ellos son mis hijos”.

“‘Del polvo viniste y al polvo volverás’. Yo me considero una kuña-yvy, porque aunque tenga huesos, volveré a la tierra y encuentro sustento gracias a ella. Yo la llamo ‘mi madre tierra’”

Carolina Noguera

MAMITAS Y CUELLOS LARGOS

El panorama mejoró gradualmente. Un médico, cliente suyo, la trajo hasta Asunción para buscar tratamiento y, de esta manera, pudo concebir a las dos hijas que hoy tiene: “Ellas se llaman Fátima y Clara Yegros, pero al final usan Noguera para presentarse”. Aquí llega la historia de otra de las piezas clave en la obra de Carolina, que simboliza la maternidad. “Mi Mamita es un poco diferente, la hago gordita y con fajita chiquita. La primera fue en homenaje a mí misma, la diseñé con cuatro hijos: en el hombro dos angelitos; en el frente, dos niños sin alas, que son mis hijas”, detalla con ternura.

Estos autorretratos le dieron la oportunidad de afianzarse y explorar su creatividad, pero también de autodefinirse. “‘Del polvo viniste y al polvo volverás’. Yo me considero una kuña-yvy, porque aunque tenga huesos, volveré a la tierra y encuentro sustento gracias a ella. Yo la llamo ‘mi madre tierra’”, afirma.

Otra de sus piezas características es una mujer con un cuello muy largo y fue una de las inspiraciones para la exposición Ajura, que Carolina trabajó junto a Christian Ceuppens durante el 2025 en la galería Viedma Arte. Estas surgieron de la desesperación, al principio de 2020, cuando todos se encontraban

La pregunta obligatoria es: “Hoy, Carolina, ¿qué mirá?”. La artista nos responde: “Ahora mismo estoy sentada con los ojos fijos en mi taller, quiero hacer un espacio más acá en la galería para poner una mesa larga y abrir una escuelita de artesanía en barro, para enseñar a los niños y jóvenes que están a mi alrededor”.

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