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Solano Benítez

Saber hacer lo incierto

Para Solano Benítez, la arquitectura es un lenguaje que no admite incoherencias. Por ello, adopta esta disciplina para inmortalizar un mensaje de comunidad, cuidado y sostenibilidad que perdura a través de los años. Desde la calidez de su estudio, nos comparte cómo esta línea de trabajo lo llevó a convertirse en el profesional paraguayo que diseñó el museo del Centro Pompidou × Paraná, un proyecto cuya construcción iniciará este 2026 y que se convertirá en un hito cultural para América Latina.

La filosofía de Solano Benítez se cimienta en el concepto de comunidad. De allí parten sus esfuerzos y hacia allí se dirigen. “La arquitectura no comienza con dos ladrillos juntos. Cuando somos capaces de desplegar nuestra inteligencia en pos del cuidado de los demás, ahí recién empieza el acto arquitectónico”, comparte.

Es egresado de la Universidad Nacional de Asunción y dedicó parte de su carrera a la docencia. Hoy, no solo ejerce su profesión desde su estudio Jopói de Arquitectura, sino que es uno de los profesionales paraguayos del área más reconocidos internacionalmente.

Su utilización de técnicas artesanales, materiales autóctonos y profundo respeto por la naturaleza lo hicieron merecedor de múltiples premios a nivel internacional. Entre ellos, en 2016, ganó el León de Oro en la Bienal de Venecia por la obra Rompiendo el asedio. Más tarde, en el 2021, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) le otorgó el Premio Global de Arquitectura Sostenible y, en el 2024, obtuvo la medalla de oro de la Asociación de Colegios de Arquitectos de México.

Además, recientemente fue seleccionado para elaborar los planos del Centro Pompidou × Paraná, una sede del Centre Pompidou que estará ubicada en Foz de Iguazú, de cara a las cataratas. Este proyecto se convertirá en un hogar para el arte moderno y contemporáneo en la Triple Frontera, así como en un espacio de conocimiento y un monumento a la arquitectura respetuosa con la naturaleza.

Pese a los reconocimientos, los desafíos en puerta y una larga trayectoria que lo avala, el propio Solano describe su carrera así: “Yo me hice conocido internacionalmente como un especialista en hacer todo lo que no sé hacer”.

Con este postulado, el arquitecto se entrega a la exploración constante de lo desconocido, llamado por la certeza de que la mejora y la innovación se logran a través de la experimentación: “Pretendo trabajar mi profesión a través de la producción de conocimiento. Si queremos modificar el estado de las cosas, tenemos que aventurarnos a hacer aquello que aún no sabemos hacer”, explica.

De esta manera, visualiza su carrera como un “deporte de viejos” y confiesa que la “mejor obra” siempre es la que aún no se ha hecho. Esta es su única certeza absoluta. “Cada disciplina aporta un nuevo conocimiento que transforma profundamente el quehacer humano. En mi caso particular, estoy vinculado a los procesos productivos y allí se genera aprendizaje, sin repetir fórmulas, sino utilizando cada oportunidad para inaugurar un nuevo tiempo de esperanza”, reflexiona.

MENOS ES MÁS

Se puede decir que el sello de Solano Benítez está ligado a su deseo de que cada una de sus piezas dialogue con el paisaje natural, pero sin extinguirlo ni dañarlo. Entonces, la definición de su estilo es más conceptual que estética: “Tengo la sensación de que, en realidad, estoy haciendo una sola obra. Ese único proyecto se encuentra en distintos lugares y corresponde a un tiempo extendido, pero es el mismo, desde la primera vereda que construí o el quincho de mi hermana hasta los trabajos con la Fundación Cartier y la Fundación Pompidou”.

Como constructor de esta “única obra”, asume el compromiso diario de velar por la habitabilidad de los seres humanos porque, para él, este es el rol fundamental de los arquitectos. Se refiere a pensar la edificación de espacios que, más allá de la belleza superficial, sean útiles, cómodos para la vida diaria y respetuosos con el medioambiente, los procesos artesanales y la materia prima existente.

“El que se acerca a mi obra puede leer esto mismo en la piedra, más allá del discurso. Mi línea conceptual está en la austeridad, en el uso correcto y reducido de los materiales, en la evasión del lujo y el consumo. Se encuentra en la posibilidad de trabajar la materia prima en su máxima condición estructural”, expresa.

ESPACIOS INTELIGENTES

El arquitecto habla de espacios pensados para la comunidad, donde la humanidad — la preocupación por “el otro”— sea el condimento esencial para cuidar realmente la naturaleza. “La condición humana es la piedra fundamental de todo este ejercicio. Nosotros, como arquitectos, no somos solo operarios de la disciplina, sino constructores de sociedades. Una sociedad mala produce un hábitat malo. Una sociedad indiferente nos da una ciudad donde prima el individualismo”, agrega.

Para él, la única forma de hacer frente a un posible panorama desolador no es generar más, sino aprovechar de manera óptima los materiales que se encuentran en nuestro entorno. “Lo que necesitamos no es levantar edificios o departamentos, sino mejores sociedades, lugares donde la gente se sienta cuidada. Es ahí donde las ideas dejan de ser solo un discurso. Cuando leemos las construcciones, podemos entender que lo que pensamos está dicho mediante la piedra”, señala.

¿Y cómo se ve, en la práctica, la arquitectura respetuosa y humana de la que habla Solano? La respuesta está, nuevamente, en el uso inteligente de los materiales. “Deben ser sostenibles y cómodas. Si las construcciones no son fraternas, si no son amigables con las personas, si no nos regalan un custodio para la lluvia, un espacio para protegernos de los raudales, no es arquitectura, es un depósito de gente que, de alguna manera, es explotada en función de algún tipo de atributo financiero”, opina.

Aquí, el ejemplo que pone Solano es la ampliamente conocida técnica de kulata jovái, que daba forma tradicionalmente a los hogares rurales en Paraguay. Para él, este tipo de construcción parte de saberes ancestrales asociados a la práctica y al buen vivir.

“La kulata jovái no es una construcción que se pone en función a la ubicación de las calles, sino que se orienta de acuerdo con el norte. Se piensa en cómo hacer que la menor cantidad de pared posible esté expuesta al sol, que el eje más largo de cerramiento de la casa no se caliente, cómo abrir una ventana para recibir el constante viento del noreste o para cerrarse y protegerse del frío”, grafica.

RESPETAR PARA PERDURAR

En esta línea, el arquitecto cree que el camino para lograr una sostenibilidad real en el tiempo es fijar metas hipoenergéticas. “Es decir, tenemos que ser capaces de construir con la menor cantidad de energía posible y vivir en esos espacios de la misma forma”, declara.

Los árboles autóctonos son el ejemplo más claro de estos materiales que, de ser bien aprovechados, pueden innovar nuestra forma de concebir los espacios. “Hemos pasado de la madera al acero, luego al grafito y finalmente al grafeno. Pero al mismo tiempo, si hoy nos tenemos que detener para pensar cómo no alterar las condiciones medioambientales, debemos empezar a imaginar cómo introducir tecnología a la madera, para que esta sea capaz de enfrentar los nuevos retos que el hormigón y el acero ya no alcanzan”, sentencia.

El insumo en el que Solano deposita todas sus esperanzas es la mano de obra de la gente. “Nuestro principal recurso siempre ha sido el ser humano. Si nosotros seguimos midiendo a la gente bajo el único objetivo de incorporarlos inmediatamente a un mercado, es probable que continuemos desperdiciando las últimas oportunidades que tenemos de conservar nuestros recursos y darles el aliento suficiente para que sean capaces de transformar nuestro mundo”, apunta.

MUSEOS PARA TODOS

La búsqueda del conocimiento y de las maneras más eficaces de llevarlo a la práctica es lo que conectó a Solano con la propia esencia del Centre Pompidou. De hecho, esta entidad cultural nace del deseo del expresidente francés Georges Pompidou de acercar el arte, en sus diferentes expresiones, a personas de diversos públicos.

Así como Solano afirma que se encuentra edificando una única obra en diversos puntos, el Centre Pompidou —a lo largo de su historia— llevó su propósito más allá de las fronteras, hasta asentar sedes en países como España, Bruselas y China. Actualmente, entre las futuras locaciones se encuentran Estados Unidos, Corea y, localmente, en Brasil.

La importancia de esta casa de la cultura no solo radica en la presencia de una de las capitales de arte más relevantes del mundo, sino en el hecho de que se ubica en la Triple Frontera entre Brasil, Argentina y Paraguay, frente a uno de los espacios naturales de mayor afluencia turística de la región: las Cataratas de Iguazú.

El edificio comenzará a construirse a mediados de este 2026, sobre los planos elaborados por Solano Benítez. “Pero espero que su estructura siga hablando por mucho tiempo más”, añade. De hecho, una de las maneras en que el arquitecto pretende que el museo se comunique está en un boceto, sobre la mesa de su estudio. Allí, un día, mientras diseñaba la estructura, pensó en que esta debía tener una gran extensión de petricor.

“Como está al lado de la reserva forestal, la idea es crear una gran compostera que esté hacia el noreste, de tal forma que el viento meta la esencia de la tierra mojada y la materia vegetal en proceso de recomposición. Diseñamos específicamente un aroma para que el museo huela de una determinada forma y que la gente sepa que, cuando se acaba el olor, uno dejó de visitar el espacio”, describe.

El profesional habla de este proyecto con contundencia y afecto por la doble emoción de ser paraguayo y que su diseño haya quedado seleccionado por la Fundación Pompidou, entre una gran cantidad de participantes; entre ellos, algunos de los mejores arquitectos del mundo.

“Yo no soy una persona de expectativas, soy alguien que opera sobre la realidad. Hasta ahora, sé lo que hemos puesto en este museo y lo que significa el acto revolucionario de que un paraguayo esté diseñando una de las obras más importantes de toda América, en un país como Brasil y en un estado como Paraná, que tiene una gran cantidad y calidad de espacios culturales”, asegura.

Para él, incluso los detalles aparentemente más pequeños de cada proyecto —como el petricor— comunican su mensaje. “Espero que mis hijos y nietos puedan encontrar un testimonio de que un mundo diferente es posible. Si somos capaces de construirlo, mereceremos una vida mejor”, finaliza.

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