La garra guaraní
Un compromiso que trasciende el marcador
La mayor paradoja del fútbol es que hay derrotas que engrandecen y victorias que incomodan. El fútbol, como la vida, nos recuerda que un resultado nunca alcanza para definir quién ganó realmente. Porque el triunfo no siempre consiste en levantar una copa. A veces es cumplir una promesa, tener empatía, gentileza y respeto por el otro, sostener una palabra y entregarse hasta el último segundo con la certeza de haber hecho todo lo posible… y un poco más. ¡Eso fue lo que nos regaló la selección paraguaya!
Más allá del marcador, este equipo devolvió algo que parecía perdido: la identificación de un pueblo con su camiseta y su esencia. Galarza, Enciso, Gill, Canale, Cubas, Almirón, Alderete, Gómez, Alonso, Cáceres, por nombrar a algunos; todos y cada uno de los jugadores volvieron a representar esa garra guaraní que no es solo una frase publicitaria hecha, sino una manera de estar en la cancha: correr cuando ya no quedan fuerzas, ayudar al compañero, resistir, creer y no abandonar nunca. Porque el deporte también enseña una de las lecciones más profundas de la existencia: la contingencia. Nada está escrito de antemano, el mismo equipo que un día cae ante un rival inesperado, al otro día elimina a una potencia mundial. Nada garantiza el resultado siguiente. Ni la victoria ni la derrota son eternas; la vida tampoco.
Mucho se ha hablado de sus planteamientos tácticos, pero probablemente el aporte más importante del DT, Gustavo Alfaro, haya sido otro: consiguió construir un lazo.
El mayor logro de este proceso
Mucho se ha hablado de sus planteamientos tácticos, pero probablemente el aporte más importante del DT, Gustavo Alfaro, haya sido otro: consiguió construir un lazo. Desde una lectura psicoanalítica, podría decirse que encarnó la función paterna en el sentido que le otorgó Jacques Lacan. No se trata del padre como persona, sino de aquella función que introduce la ley, el orden, los límites y, paradójicamente, hace posible el deseo. La autoridad que nace únicamente del miedo suele durar poco; sin embargo, la que está sostenida por el respeto y el afecto, transforma. Hacer transferencia con el otro es un ejercicio imposible si no hay amor o utopías que alcanzar (o cazar). Los jugadores y el país entero nos aliamos a su deseo: poner al Paraguay en la vitrina del mundo para demostrar quiénes somos, no solo por la calidad de los deportistas (que los hay, y muy buenos), sino por la gente que hace mucho buscaba embajadores que nos hagan visibles para bien, porque lastimosamente para mal ya tenemos suficientes representantes, que apelan a instancias que creíamos extintas como la discriminación, la corrupción, entre otras. Alfaro no solamente organizó un equipo: operó de padre que cuida e inspira con amor y con ley. Él logró que los jugadores (y un país entero) crean nuevamente en ellos mismos y en un proyecto colectivo. Introdujo disciplina sin apagar la subjetividad, ordenó sin humillar, exigió pero también transmitió confianza. Y esa diferencia cambió todo; enseñar, criar, gobernar e incluso curar tienen algo en común: ninguna de esas tareas puede realizarse sin amor. Ni un entrenador ni un gobernante ni un docente pueden garantizar el resultado final; solo les es posible responder éticamente por su acto y por el modo en que desempeñan su función, como trámite o como compromiso.
En psicoanálisis llamamos transferencia —precisamente el término que empleé más arriba— a ese vínculo particular que hace que la palabra de alguien adquiera valor para otro. Ningún paciente cambia porque un terapeuta le dé consejos; cambia porque se establece un lazo. Ningún hijo crece solamente porque sus padres impongan reglas o lo mantengan física y biológicamente bien; necesita sentirse amado, simbolizado, deseado, incluso desde antes de nacer. Ningún alumno aprende únicamente porque un profesor explique bien; necesita encontrar en él una referencia y, coincidentemente, la materia que más le gusta es la del maestro que supo engendrar ese compromiso de transmitir su conocimiento con pasión. Así, ningún equipo deja la vida en la cancha simplemente porque alguien dibuje una estrategia en un pizarrón, lo hace porque existe un compromiso que necesariamente nace del vínculo, y ese es el legado de Alfaro en la Albirroja. Lastimosamente, vemos que los vínculos están en peligro de extinción hoy día. Es una de las mayores carencias de nuestra época.

Dejar el “yo” aislado y ser un “nosotros”
Vivimos hiperconectados, pero cada vez más solos. Podemos conversar con personas al otro lado del planeta, enviar mensajes en segundos y compartir imágenes de nuestra vida permanentemente. Sin embargo, pocas veces experimentamos la profunda sensación de pertenecer verdaderamente a una comunidad. El estadio ofrece algo que ninguna pantalla consigue reemplazar. Miles de personas que cantan el mismo himno, se abrazan después de un gol, lloran una derrota o celebran una clasificación, recuerdan que el ser humano necesita mucho más que comunicación: requiere comunión.
Freud lo comprendió hace más de un siglo en Psicología de las masas y análisis del yo. La gente no es simplemente una multitud de individuos. Es una comunidad unida por identificaciones afectivas. Durante un partido, desaparecen momentáneamente las diferencias sociales, económicas y políticas. Durante 90 minutos todos sienten que forman parte de un mismo cuerpo. No es casual que un desconocido termine abrazándonos después de un gol. Por un instante dejamos de ser un “yo” aislado para convertirnos en un “nosotros”. En tiempos cuando predomina el individualismo, ese “nosotros” adquiere un enorme valor psicológico.
Durante 90 minutos todos sienten que forman parte de un mismo cuerpo. No es casual que un desconocido termine abrazándonos después de un gol. Por un instante dejamos de ser un “yo” aislado para convertirnos en un “nosotros”. En tiempos cuando predomina el individualismo, ese “nosotros” adquiere un enorme valor psicológico.
La comunión que todos buscan, pero pocos encuentran
Él también sostuvo que las pulsiones humanas no desaparecen; encuentran distintos destinos. Uno de los más elevados es la sublimación: la capacidad de transformar esa energía en producciones socialmente valiosas. El arte, la ciencia, la filosofía y el deporte son distintas maneras de tramitar esa fuerza pulsional. Pero no todas lo hacen del mismo modo. Mientras el arte y la creación intelectual suelen transformar la agresividad mediante la contemplación, la belleza o el pensamiento, la competencia física conserva algo de la confrontación simbólica, y por eso aparece el descontrol o la efervescencia. Si bien en el fútbol nadie destruye al adversario, se intenta superarlo con reglas compartidas. La agresividad no desaparece: se civiliza. No es el Coliseo, pero sí un escenario de batalla.
Quizá por eso el fútbol moviliza tanto las emociones, mucho más que otras disciplinas. Al mismo tiempo que se disputaba el Mundial de Fútbol, estaba en marcha una competencia global de danza: el Moscow International Ballet Competition, del que pocos estaban al tanto. No porque bailar, interpretar un concierto o realizar una investigación científica exija menos talento o sacrificio, sino porque el balompié conecta simultáneamente con la identidad, el sentido de pertenencia, el orgullo colectivo y la descarga emocional socialmente aceptable, y el mercado supo encontrar una forma de sacar provecho de eso: las apuestas, los auspicios, la competencia en consumo, etcétera.
La rivalidad deportiva sustituye aquello que antiguamente encontraba salida en formas mucho más violentas de confrontación, en épocas de caballeros y batallas con escudos y banderas, lanzas y muros a derribar. No hace falta señalar las analogías con las formas de identificar a los países, la cancha, la pelota, la copa, las fronteras, el arco… El problema aparece cuando esa necesidad de pertenecer no encuentra espacios saludables donde expresarse. Nuestra época parece atravesada por una creciente dificultad para sostener vínculos duraderos. Las tasas de natalidad han descendido en numerosos países por múltiples razones —económicas, culturales y sociales—, pero también reflejan profundas transformaciones en la manera en que concebimos el compromiso. Maternar, paternar, educar y acompañar a otro exige renunciar, esperar, frustrarse y sostener un vínculo en el tiempo. No todos se animan a semejante odisea. Pero Alfaro es un ejemplo de cómo se engendra esa función para muchos padres abandonadores, desertores de su función, de gobernantes infieles a sus promesas y juramentos. Cuando desaparece la capacidad de hacer vínculos y compromisos, aumenta el vacío y también las distintas formas de adicciones: a sustancias, al alcohol, al juego, a las apuestas deportivas, a la tecnología, a las redes sociales o a los videojuegos. Cada una con características propias, pero muchas veces atravesadas por un denominador común: un goce que puede volverse cada vez más solitario y autorreferencial, en el que el otro deja de ser un semejante para convertirse en algo prescindible.
Compartir la misma contingencia
El fútbol, con todas sus contradicciones, propone exactamente lo contrario. Obliga a encontrarse, a compartir, a sufrir y alegrarse con otros, a reconocer que nadie gana solo. A frustrarse ante la injusticia, porque la vida misma es así, una contingencia que a veces depende del VAR y otras, del azar. Quizá por eso emociona tanto cuando un grupo de jugadores deja literalmente todo en la cancha. Porque, en el fondo, no admiramos solamente su talento. Admiramos su compromiso con lo que se propusieron ganar y con ellos mismos, y tal vez esa sea la verdadera enseñanza que nos deja esta selección. Mucho antes de que el árbitro marcara el final, Paraguay ya había ganado algo infinitamente más difícil que un partido: le devolvió a un pueblo la ilusión de creer nuevamente en un proyecto común y en ellos mismos.
Los marcadores cambian, las copas pasan, los campeones también. Pero cuando un equipo consigue despertar en millones de personas el deseo de pertenecer, de comprometerse y de creer que todavía vale la pena luchar juntos por algo más grande que uno mismo, esa victoria permanece mucho después del silbato final. Y esa, quizá, sea la mayor expresión de la auténtica garra guaraní, esa que, como dijo Enciso, sin miedo a nadie pero con respeto al adversario, deja la piel en la cancha y ¡el alma en la historia!
¡Gracias, Albirroja! ¡Hasta el próximo compromiso!
