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El fin de la mujer perfecta

De la deconstrucción a la reconstrucción femenina: La revolución silenciosa del siglo XXI

Durante mucho tiempo creímos que criar desde el feminismo significaba eliminar el rosado y el celeste, apagar los cuentos de princesas y blindar a nuestros hijos de cualquier estereotipo de género. Hoy sabemos que el patriarcado no habita en los objetos o en letras de músicas misoginas, sino en el inconsciente individual y colectivo, en el sistema.

Este discurso no está (solamente) en Disney ni en las redes sociales, sino infiltrado en nuestro ADN cuántico: en la culpa y la carga mental de “tener que poder con todo”; en la exigencia de “estar espléndidas” dentro de los cánones de belleza hegemónicos; en la exigencia de ser la mejor en lo profesional y en la maternidad; en la dificultad para poner límites, cuando decir “no es no” sin tener que explicar por qué no queremos algo.

Está en la fantasía de que valemos únicamente por cuánto sostenemos la vida de los otros y asumimos el cuidado de los demás porque para las mujeres “eso es amor y no un trabajo”. En fin, cuidar de los hijos, de los padres, del marido, del perro, del gato.

La deconstrucción no es solo un cambio de sistema social, sino de una estructura psíquica y cultural. Rita Segato, antropóloga, advierte que vivimos en una cultura que reproduce una “pedagogía de la crueldad”, un aprendizaje invisible que nos enseña quién cuida, quién obedece y quién tiene derecho al deseo y al éxito económico, y quiénes no.

Las mujeres hemos sido históricamente formateadas para estar disponibles emocional, corporal y simbólicamente para todos. Por eso, el desafío del siglo XXI ya no es solo deconstruir, es reconstruir la posición subjetiva femenina ante un mundo que debe y necesita acompañar este camino para evitar —sin exagerar— la extinción de la especie humana, ya que la propuesta patriarcal nos ha acercado más que nunca a un apocalipsis digno de ciencia ficción.

EL MANDATO DE SER PARA OTROS

Dentro del sistema en el que seguimos operando, es necesario para que la dominación se perpetúe que el superyó femenino no se organice alrededor del éxito, sino del amor. No se nos enseñó a desear, sino a ser necesarias; la buena madre, la buena esposa, la que puede con todo. Pero ese ideal, lejos de empoderarnos, nos agota y nos disocia cuando se vive como mandato y no como elección.

Laura Gutman, psicoanalista, describe cómo las mujeres repetimos modelos vinculares que nos despersonalizan porque nos dan una ilusión de seguridad. Salir de esa “autopista” implica entrar en un territorio incierto y con el riesgo de perder el amor de los demás: delegar, decir que no, reconocer el cansancio, elegir un proyecto propio… ese gesto íntimo es profundamente político y una revolución que ocurre en escenas íntimas de la vida cotidiana. No sucede en las leyes ni las marchas por los derechos femeninos (solamente), sino que ya ocurre cuando una deja de ser la gestora emocional exclusiva del hogar, cobra por su esfuerzo sin justificarse, nombra el cuidado como trabajo (no como ayuda ni amor incondicional), decide no maternar o hacerlo de otro modo, deja de pedir permiso para descansar y prioriza su autocuidado sin culpas.

Por ello, cada cambio, por mínimo que sea, representa la ruptura con una estructura que conserva el statu quo cultural y social que beneficia solo a una parte del sistema. El patriarcado se sostiene en la repetición, pero la transformación también.

Dentro del sistema en el que seguimos operando, es necesario para que la dominación se perpetúe que el superyó femenino no se organice alrededor del éxito, sino del amor

CRIAR VARONES SIN FABRICAR DOMINADORES

En América Latina, este es un punto muy sensible. Cuando un niño escucha “los hombres no lloran”, aprende que la sensibilidad es debilidad y que el poder es la única forma legítima de existir. El feminismo no necesita varones adaptados a mujeres empoderadas, no se busca reemplazar “hembrismo” por machismo; necesitamos nuevas formas de humanidad y de organización social y cultural. Criar desde esta perspectiva implica habilitar el mundo emocional de las infancias, distribuir el cuidado, desarmar la asociación entre masculinidad/dominio y femineidad/sometimiento, enseñar que la autoridad es responsabilidad afectiva y compromiso con el otro a partir del respeto y la igualdad.

Todo esto es profundamente antisistémico; construye nuevos caminos y estilos de convivir que van a reconfigurar la sociedad, pues hasta ahora el discurso patriarcal no hizo más que generar síntomas como la destrucción y subestimación del otro, guerras, feminicidios, bullying, abuso del más débil, polarización económica, trastornos mentales y adicciones. No son más que enfermedades de un estilo de vida absolutamente alejado de la naturaleza humana; del amor, la comprensión, la solidaridad, la hermandad y la igualdad.

EL CUERPO COMO TERRITORIO DE INSURRECCIÓN

El sistema nos quiere bellas, jóvenes, disponibles, fértiles y agotadas. Por lo tanto, dentro del mismo, hay que interpretar al descanso como derecho, a envejecer como lo natural y sostener unos kilos de más como soberanía sobre el cuerpo. Estos pequeños actos se sienten subversivos, lo cual ya evidencia la necesidad que tenemos de registrar nuestras decisiones como propias y autónomas, no como búsqueda de la mirada del otro o la aprobación social.

Recuperar el cuerpo y los deseos como propios desarma uno de los dispositivos más eficaces de control. No sabemos la revolución silenciosa que ejercemos al eliminar la vergüenza sobre el físico, al vestir como queremos, decidir si un día salimos maquilladas o no, o algo más delicado como exigir la vasectomía o protección a la pareja para dejar de intervenir con anticonceptivos nuestro organismo en la corresponsabilidad reproductiva.

La revolución emerge al elegir una profesión, un deporte o pasión que nos guste, y que no nos importe si coincide con el deseo del otro o del ideal femenino hegemónico —como lo demuestra con orgullo la primera mujer paraguaya en ganar tres rallies Dakar y ahora la primera en competir en el World Rally Championship, la piloto Andrea Lafarja— o las mujeres que están a la cabeza de instituciones —como la nueva presidenta interina de Copaco, Natalia Borgognon—. Hoy, ya no son excepciones sino cada vez más protagonistas de estos espacios. Son una inspiración no solamente para las generaciones siguientes, sino para las que nos anteceden, conformadas por la ética y el sentido común.

DE LA COMPETENCIA A LA ALIANZA

El patriarcado nos enseñó a mirarnos como rivales, “la otra” siempre es una amenaza en telenovelas y series románticas o dramáticas. La otra madre como medida de mi gestión como tal, la otra profesional como competencia, la más linda, y así sucesivamente en todo contexto. Por eso, es necesario entender que la sororidad no es un eslogan, es una estrategia política que rompe la lógica vertical del poder. Cada vez que una mujer nombra a una congénere, la recomienda, la ayuda o la escucha sin juzgar, está creando cultura, emancipándose de la competencia entre nosotras y generando hermandad.

LA CULPA: EL ÚLTIMO BASTIÓN

Podemos trabajar, ganar dinero y ocupar espacios, pero si lo hacemos con culpa, el mandato sigue intacto, pues este es el modo en que el sistema se vuelve interno. La verdadera emancipación no es producir más, sino sentirnos autorizadas a existir y decidir hacer o no lo que creemos que nos realiza como personas, así sea en la cocina de nuestras casas, como cuidadoras de la familia u ocupando un puesto laboral o profesional, sin pensar que ningún trabajo sea más o menos que otro.

LA REPARACIÓN DE LA HISTORIA FEMENINA

La transformación ya no es solo hacia las hijas, también alcanza a nuestras madres y abuelas. Cada mujer que inicia una carrera a los 50, se separa de un vínculo violento, habla de su placer, deja de sostenerlo todo sola, repara una genealogía, no solo cambia su vida, sino la narrativa de todas las que vinieron antes. Y, por supuesto, nada de esto es una teoría conspiratoria contra los hombres; al contrario, el feminismo contemporáneo no busca invertir la dominación; justamente lo único que quiere es salir de esa lógica. Las culturas matriciales, estudiadas por la antropología, no se organizan en torno al poder sino al vínculo, la cooperación y la reciprocidad. Ese es el verdadero cambio civilizatorio.

No podemos controlar los discursos sociales, pero sí es posible generar criterio. Nuestros hijos no necesitan madres perfectas. Necesitan ver que nos respetamos, nos elegimos, ponemos límites, disfrutamos y nos equivocamos sin destruirnos con la culpa. Así, la libertad no se enseña, se encarna. La revolución silenciosa ocurre cada vez que una mujer deja de pedir permiso para ser quien es, pues el orden patriarcal pierde fuerza. La reconstrucción femenina del siglo XXI no consiste en convertirnos en otra cosa, sino en habitar y habilitar nuestros deseos y criterios para bienestar propio y de todos.

Las opiniones expresadas son de exclusiva responsabilidad de la autora del artículo. Para más información y consultas, escribí a gabrielacascob@hotmail.com
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