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Abolengo

No venimos de la nada

La cuarentena me dejó muy sensible, y como se acerca el Día del Padre quisiera recordar al mío y a todos los que ya no están físicamente. Digo físicamente porque, si bien algunos ya se fueron de esta tierra, hay muchos que se quedan para siempre con nosotros. Ellos nos dejan mucho más que un apellido y una herencia material cuando se van; nos dejan su legado.

Hace unos días leí algo que caló muy hondo en mí: herencia es dejar algo a alguien, legado es dejar algo en alguien. Es que no venimos de la nada y tampoco partimos hacia la nada, y la vida nos da la certeza de ambas afirmaciones.

La mayoría de nosotros tiene la fortuna de saber muy bien de dónde viene. Los pasos firmes que nuestros papás dieron en la vida son fundamentales a la hora de dirigir y sostener los nuestros. Debemos agradecer cada uno de los pasos de nuestros padres, incluso los inciertos y tambaleantes, porque ellos hicieron posible nuestra maravillosa vida, y se la debemos a ellos.

Pero más allá de la existencia, les debemos estar agradecidos por su buen nombre. Nuestros papás nos dejan su apellido y, con él, todo lo que hicieron ellos y sus antepasados en esta vida. Por eso es que las mamás damos tanta importancia al apellido, y no falta el momento en que, para saber más de algún “candidatito”, preguntamos de manera inquisidora el hijo de quién es.

Debemos agradecer cada uno de los pasos de nuestros padres, incluso los inciertos y tambaleantes, porque ellos hicieron posible nuestra maravillosa vida, y se la debemos.

Recuerdo cómo me molestaba cada vez que mi mamá me preguntaba cómo se llamaba el papá de alguno de mis chico’i o amiguitos de adolescencia. Con cualquier mínimo dato ya me sacaba su árbol genealógico y, al más puro estilo Informconf, su presencia en mi entorno podría ser aprobada o prohibida rotundamente. Yo no entendía qué tenían que ver sus padres con su persona; me parecía algo meramente clasista y absolutamente ridículo.

Pero, con los años, empecé a entender de dónde venía esta indagatoria. Fue cuando una amiga de mis padres, una mujer mayor, con dulzura y sabiduría inmensas me explicó casualmente en medio de una conversación sobre mi difunto padre —a quien estábamos recordando, justamente, como un gran hombre—, el significado de la palabra “abolengo”.

Abolengo viene de la palabra “abuelo”, y significa saber quiénes fueron tus antepasados para reconocer que tuvieran honorabilidad. Y eso, mi gente linda, es el abolengo. Al contrario de lo que creí toda la vida, me di cuenta de que el abolengo no significa tener plata, ni ser cheto, ni estar emparentado con gente importante. ¡Es simplemente saber de dónde venís y estar orgulloso de ello!

Dentro de mí, algo hizo clic enseguida. Me acordé de todas las veces que alguien recordó a mi padre con una palabra dulce desde que nos dejó; todas las veces que gente que no conocía me sorprendió compartiendo conmigo una anécdota o un recuerdo que me inflabla el pecho de orgullo; grandes gestos, anécdotas divertidas, recuerdos entrañables o, simplemente, detalles que quedaron grabados en corazones ajenos.

Hace tantos años que no lo tengo para celebrarlo físicamente en esta festividad, pero todos los días lo celebro con la memoria. Tuve un gran padre, de esos que te llenan de orgullo y que, además, te llenan el pecho de amor. Un hombre inteligente, dulce, supergeneroso, culto, noble, sin maldad, tranquilísimo y cariñoso. Era una persona llena de ideales y valores y, sobretodo, tenía ese “don de gente” que en nuestro país se reconoce con una de las frases más sencillas y bellas de escuchar cuando se recuerda a alguien que ya no está: era un buen tipo.

Estoy tan orgullosa de su legado, el que veo en mí y en mis hijas, el mismo que veo en mi hermano, que salió soñador como él y que también es un buen tipo, un buen papá. A mis hijas —que tienen grandes hombres como abuelos y bisabuelos por todos lados— su papá les suele decir que lo que ellos dejaron es muy importante, que es su deber hacerles honor todos días.

La vida es buena si es bien andada; si bien nos tropezamos, el buen ejemplo de papá es una mano para agarrar cada vez que caemos ante un obstáculo, para levantarnos y seguir la marcha.

Nuestro buen nombre es algo que todos tenemos que cuidar porque nuestros apellidos los heredan los hijos, y con él viene todo lo bueno y malo que hagamos. Ese es un pensamiento muy importante para reforzar hoy y tener siempre presente, una razón más para hacer el bien. 

Los padres que andan recto y con pasos firmes guían a sus hijos por buen camino. Y cuando ya no están, sus acciones permanecen como guías en el camino, para no desviar nuestro andar diario, siempre para adelante y nunca para atrás, porque sabemos que detrás de nosotros está esa historia tan importante que nos sostiene. La vida es buena si es bien andada; si bien nos tropezamos, el buen ejemplo de papá es una mano para agarrar cada vez que caemos ante un obstáculo, para levantarnos y seguir la marcha.

A todos los padres que dejan un legado hermoso, a los que ya lo hicieron y a los que lo siguen haciendo cada día: ¡Feliz día!

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